domingo, 27 de septiembre de 2020

1964, 27 de mayo (4)

Termino ya con el día de mi Primera Comunión, que parece prolongarse en exceso. Debió de ser un día muy intenso, porque ha dado nada menos que para cuatro ratos en estas Tardes de Solano.

De ese día conservo, no sólo las instantáneas, también un librito típico de aquellos acontecimientos, de grandes espacios en blanco que se llenaban con fotos, estampitas, textos con datos sobre la jornada y firmas de los asistentes.




 A excepción de éstas últimas —los autógrafos—, el resto está escrito por mi padre, con su reconocible caligrafía cursiva, perfectas todas las letras y una inclinación exacta y equidistante. El pasaje más curioso de todos es en el que se relacionan los regalos que los invitados tuvieron a bien obsequiarme, y que en el librito queda así redactado:



Llama la atención a los ojos de hoy la cantidad total de dinero recibida —1300 pesetas—, y las parciales, que no están todas, y que van desde los 10 duros de mis tías —ojo, no hace mención a mis tíos, sus maridos—, a las 200 pesetas de mi tío Luis. Lo del bizcocho de la tía Márgara ya comenzaba a ser una tradición que se ha perpetuado, creo, que hasta nuestros días. 

Remato la faena por hoy con el que, probablemente sea el primer documento escrito de mi puño y letra que se conserva. Se trata de una corta redacción sobre mis impresiones de aquel día que, mire usted por dónde, no me atrevo a comentar. Bien podía haberla escrito en una cuartilla con rayitas, así hubiera evitado la ausencia de equidistancia en los renglones, si bien no la de las numerosas tildes.


domingo, 20 de septiembre de 2020

1964, 27 de mayo (3)

Seguimos en el 27 de mayo de 1964, que el día debió de ser largo, comenzando por la ceremonia que, como ya dije, tuvo numerosos aderezos en forma de oraciones recitadas por un servidor y algún cántico por parte de las monjitas. Luego las felicitaciones de la congregación y vuelta a casa que, imagino debió de ser andando —por entonces aún no teníamos coche en mi casa, se tardó años en disponer de uno, y este fue comunitario/familiar, ya lo contaré—, y el camino no es largo.
Desconozco dónde fue realizada la foto que acompaña el relato de hoy. He de pensar que se trata del lugar en el que se celebró el ágape, que no debió pasar de un chocolate con perrunillas para todo el mundo y algún licor, anís para las señoras y coñac para los caballeros. Después, tertulias entre los mayores y juegos para los pequeños que, con toda probabilidad terminarían, para el marinerito, con el traje manchado y posterior reprimenda materna. En esa ocasión algo más suave que otras, la reprimenda, que, al fin y al cabo, se trataba del día de su Primera Comunión.

Prosigamos con la instantánea.
Es el patio de una casa que no fue la mía. La mía tenía, o mejor, aún tiene, porque aún tengo la casa de mi pueblo y se conserva tal cual, un patio pequeño, poco más que uno de luces, casi minúsculo comparado con otros patios de la vecindad que eran amplios y en los que se podía jugar a divertimentos que requerían más espacio. Así que mi madre debió de pedir a alguna vecina el favor de cedérnoslo para el evento y allí que fuimos a echar el día, o sólo la mañana, que tampoco debió de alargarse mucho el festejo.
Se ve que era un lugar agradable, suelo empedrado y bien dispuesto, paredes encaladas, arriates con flores y una enredadera o quizás una buganvilla, no lo aprecio bien; al fondo lo que parece el brocal de un pozo sobre el que hay unas macetas. Por más que cierro los ojos e intento llegar allí, no consigo recordar qué casa de la vecindad podría ser, ¿la de algún familiar?, tampoco. Y la de mi abuelo no, seguro.

A los niños de la primera fila ya los conocéis. A la izquierda mi prima Ino, no la llaméis Inocencia que se rebota, que continúa con faldita corta, rebequita y pañuelo al cuello; de la mano cuelga un bolso que parece de grueso mimbre, poco propicio para el momento y más para una merendita en el campo. A su lado mi hermano, con pantalón corto y niqui, que así llamaban a lo que hoy son polos —deriva del alemán Nicki, y dicen que los introdujeron en nuestro país, a nivel popular y con ese nombre, los emigrantes españoles en aquel país—. Es ya apreciable la barriguita que se pronunciaría con el tiempo.
El niño que queda vestido de civil es el Guingui, mi primo Arturo, que luce trajecito oscuro en cuya chaqueta destaca el pañuelo en el bolsillo y dos hermosos botones que garantizaban que la criatura no se la quitaría durante todo el festejo. Me llama la atención su expresión, brazos caídos, cabeza inclinada y una declarada tristeza en el rostro. Parece cansado, o más bien derrotado. Miro ahora, detenidamente su rostro y creo verlo similar pasado unos años y en algunas ocasiones durante el tiempo que nuestras vidas coincidieron.

Seguimos con los mayores, y empiezo con mi tía Mª Ángeles, la madre del Guingui, a la derecha, con velo negro y vestido también negro, por lo que me atrevo a decir que estaba de luto por la muerte de su madre. Delante de ella la tía Antonia, tía de mi madre, la que estaba posicionada justo detrás de mí durante la ceremonia, y que bien mirado compruebo que guardaba un gran parecido con mi abuela. De ésta última sólo existe una fotografía —tengo una copia— en la que se ve a una mujer muy mayor para la edad que tenía cuando se la tomaron, con una enorme pena en la mirada y un semblante plagado de decepciones; de vez en cuando la veo y me provoca una enorme tristeza, más por la infancia que vivieron mi madre y sus hermanos que por ella misma.
Al lado de la tía Antonia, y ajena a la cámara y a la pose general de los presentes, la tía Petra, la mujer de mi tío Luis. Una señora a la que recuerdo seria, muy bien vestida y con una presencia de continuo respetabilísima. Mi trato con ella, y ella para conmigo, fue siempre distante pero amable; nunca la sentí cercana ni le profesé el cariño que sí tuve a su marido, quizás porque ella nunca se me mostró como él sí lo hizo.
En el centro está mi madre que, para qué repetirlo, pero bueno lo repito, presenta una sonrisa abierta, feliz en este día. En contraposición mi padre, serio, que tal vez también estuviera feliz, pero ¡qué incapaz fue toda su vida para demostrarlo!, y cuando lo hizo siempre vi en él un gesto forzado, aunque, y así le aligero algo su actitud, no creo que fuera declaradamente fingido.
Junto a mi padre está su hermana, la tía Márgara, aquí en otra de sus poses más reconocibles: el gesto adusto y la boca apretada, poco cercana a la simpatía. Pienso que, si bien lo fue, realmente no ejerció nunca de hermana de sus hermanos, sino de la madre que pronto se les fue, y eso tal vez debió marcarla, y creo que no para bien precisamente, dado el talante que siempre mostró. Luego quiso ser abuela de todos sus sobrinos y apenas si lo consiguió, tuvo que esperar muchos años para verse con ese título. Mientras tanto vivió, y vive, en la casa que fue común, controló todo lo que le dejaron controlar y terminó obteniendo más que ninguno sin aportar apenas nada; pero tampoco es para dejar aquí reproches, o sí, no sé. Muchos años después de esta foto llegué a la conclusión anterior, y fue entonces cuando me sentí con el derecho de juzgar y mirarla con otros ojos. Pero entretanto, y soy sincero, fue pasando por mi vida con cierta indiferencia y un afecto del que se encargaba mi madre de forzar.
En tercer plano y a la izquierda, mi tío Luis, a quien ya os presenté en la capilla del colegio, y del que mucho me gustaría hablar y así he de hacerlo en otras instantáneas en las que es indudable que aparecerá. Aunque sólo se ve su cabeza y poco más, se adivina su cuerpo recto, erguido, en posición de firmes, como no podía ser menos en el militar que fue. Las cartas que me enviaba y que yo seguramente respondía con infantiles frases y anécdotas triviales; sus relatos, historias, cuentos, su compañía y los paseos que con él compartí en Villanueva y en algunas de mis visitas a Madrid, hicieron que un servidor terminara elevando su figura a la categoría del héroe que realmente fue en una etapa de su vida. Imagen limpia que todavía permanece en mi cabeza y mi corazón.
Sobre mi madre, mi tía Isidora, otra vez, como casi siempre. Curioso paralelismo, una vida semejante a la de la hermana mayor de mi padre y, a la vez tan distante y distinta. No es necesario que me deis a elegir, que de antemano sabéis mi preferencia.
Y por último está Pepa, la chica que aparenta ser la más alta del grupo, pero es que me parece que se empina sobre el bordillo del arriate, ¿no? Bueno, algo ayuda también el peinado, un hermoso y abombado cardado, muy propio de señoras de la época y por lo que veo, también de jovencitas de dieciocho años, que era la edad que ella tenía por entonces. Pepa era en aquel tiempo vecina nuestra, y desde que mis padres, recién casados, se trasladaran a vivir a la que ya siempre sería su casa, tuvo con mi madre una relación sólida y permanente —juraría que toda su vida se sintieron hermanas— que sin duda continuó, lo sé, más allá de la muerte de ésta. En lo que a mí respecta, decir que fue muchísimo más que una vecina, y nunca supe dónde estaba su sitio en mi organigrama vital. He de crear otro nivel, un casillero aparte en una posición especial para ella y los suyos, que también son los míos.

domingo, 13 de septiembre de 2020

1964, 27 de mayo (2)

Creía terminada la entrada anterior, la referida a la ceremonia, cuando entre las viejas fotografías vi la que acompaña a esta instantánea y que por un motivo muy especial merece estar aquí. En ella destaca sobremanera la sacada de lengua de un servidor —técnicamente se llama glosectomía, y en este caso es casi total, sólo apuntarlo, sin comentarios—. Pero no es ése el motivo al que antes aludía, sino la identidad del oficiante, a quien me siento obligado recordar.

Se trata del mismo sacerdote que ofició la boda de mis padres y que también dio la primera comunión a mi hermano. Creo que lo habré visto durante mi vida, en dos ocasiones: la primera en este día que hoy narro, y la segunda, ojo a la historia, catorce años después en el campamento militar de Cerro Muriano, Mi madre me informó que don José Luis Casillas, que así se llamaba, era capitán castrense en el campamento, y que con toda la confianza del mundo lo buscara, y que con su mediación me enviarían a donde yo le dijera. Así que me informé de dónde estaba y fui a buscarle.

Lo reconocí nada más verlo, tenía gravada en mi mente la fotografía y él había cambiado poco: era un tipo alto, corpulento, muy moreno, no agraciado de facciones, y afectuoso durante la corta conversación que mantuve con él aquella tarde de noviembre de 1978. Le saludé y me identifiqué: “Me llamo Manuel Fernando, soy de Villanueva y…”. Cortó, con una sonrisa, mis palabras, y ante mi sorpresa, “anda, tú eres hijo de Consuelo, ¿cómo están tus padres?”, “bien, bien, verá yo…”, “no me digas, tú quieres que te den un buen destino”, “bueno, sí”. La conversación, no muy larga, siguió por caminos de trámite, cortesías, recuerdos a la familia y “no te preocupes, que yo me ocupo de lo tuyo”.

Cuántas veces habré dicho que mi vida, mi familia, mi profesión, prácticamente todo, ha resultado como es porque hice el servicio militar en Sevilla. Y esto fue así, simplemente, porque aquella tarde de noviembre, en Cerro Muriano, fui a hablar con el sacerdote que me había dado la primera comunión catorce años antes.

 

 

domingo, 6 de septiembre de 2020

1964, 27 de mayo (1)

Dejo aquí tres fotografías que, como es fácil de interpretar, tratan de la ceremonia de una Primera Comunión: la de un servidor.

Antes de nada, una puntualización. La primera instantánea no pertenece a ese día, aunque esté vestido para la acción. Esa es una fotografía-recordatorio, que se solía hacer días antes y en la que se imprimían los datos del protagonista y del acto en cuestión, para ser entregada a los invitados a la ceremonia y al posterior ágape. Recordatorio que, imagino, guardarían en algún lugar que pronto no recordarían. Menos mi madre, que sí guardó esta foto.

En ella ya estoy vestido con el uniforme de marinerito con el que tomaría la sagrada forma o, mejor dicho, medio vestido, porque sólo llevaba la chaquetilla y el cordón con la cruz al cuello. Y es que, lo recuerdo como si fuera hoy, mi madre y yo fuimos a la iglesia de la Asunción y en la sacristía me puso el medio uniforme recién planchado mientras Francisco el Sacristán preparaba cámara y atrezo. No sé quién oficiaría de falso sacerdote, o de verdadero, que tal vez alguno anduviera por allí y se prestara a ello. La cuestión es que puse en escena mis siempre ocultas dotes de actor y adopté cara de la circunstancia que se viviría días después. Los ojos como siempre, grandes y redondillos, ofreciendo una mirada de preocupación, a ver qué resulta de todo esto, pero tú tranquilo que todavía no es de verdad, la hostia auténtica vendrá dentro de unos días.

Al pie de la foto están los datos relativos al evento, mi nombre, lugar donde se celebraría —Colegio de R.R. (reverendísimas) Hijas de San José— y fecha. Digna de resaltar la frase que dice “En día tan feliz recordé con especial amor a mis queridos padres”; como para no recordarlos si estuvieron todo el día a mi lado.

Pero vayamos al día exacto, el 27 de mayo de 1964. Tenía yo seis añitos, que era ésa la edad a la que por entonces se hacía la Primera Comunión, no como ahora que los chiquillos andan metidos en los diez o doce años y las niñas parecen casi novias. Miro un calendario de aquel año y veo que el día 27 cayó en miércoles, y te preguntarás que cómo estaba sucediendo eso entre semana, y no un sábado o domingo como sería procedente. Pues resulta que mi madre pidió en el colegio el favor, y se lo concedieron, que la ceremonia se celebrara ese día pues era aniversario de su boda. Mismo favor que también le fue concedido tres años antes, para la de mi hermano.

Previo a ese día, quien esto escribe había llevado una ardua preparación a fin de recibir a Jesús con el alma blanquísima, la conciencia limpia y la memoria llena de no sé cuántas oraciones aprendidas, que durante el rito declamé más plegarias que el propio sacerdote que oficiaba: unas de rodillas, otras de pie, alguna sentado, pero todas emocionado y orgulloso de mi buena memoria, que no me equivoqué en nada —mi madre lo recordaría toda la vida, le gustó mucho, y es que ella, como buena católica practicante, era muy entusiasta de estos ceremoniales—. Al término fui felicitado por quien había supervisado todo aquel aprendizaje, la hermana López, que así por el apellido no sonaba bien como nombre de monja. Realmente se llamaba Vicenta, eso lo supe años después, lo que suena aún peor. En mi recuerdo queda una mujer de ojos grandes que destacaban en el hueco del escapulario por el que asomaba su rostro ovalado y moreno; alta de talla, tanto, que parecía andar sin gracia para ser religiosa, balanceándose al caminar entre los pupitres del aula, abanicándonos con el vuelo del hábito. Por entonces yo ya sabía leer y escribir, que me enseñó la hermana Marina uno o dos años antes, pero fue ella, la hermana López, la que con plumilla y tinta adiestró pacientemente mi caligrafía, redondeando unas letras que el tiempo, mucho tiempo después, trocaría en el galimatías que a veces parecen mis escritos.

Para aquel día, las monjas habían adornado como sólo ellas sabían hacer esas cosas, la pequeña capilla del colegio, una estancia poco más grande que un aula, situada a la derecha justo al entrar, iluminada por una ventana a la calle de La Palma. Un detalle que ahora veo en la segunda instantánea, entonces ciertamente no, porque hoy me puede la deformación profesional: dibujos geométricos, regulares, coloreados en una foto que es en blanco y negro, solería antigua que aventuro sigue estando en la misma sala.

Como se puede ver, para mí dispusieron un reclinatorio pomposamente forrado de gasa, tul o algo parecido, punteado de adornillos que debían ser flores; para mi madre y mi padre, los reclinatorios a pelo, sin aderezo alguno; para sentarnos, los tres, unas simples sillas.

Observo la foto y vuelve a llamarme la atención esa mirada de asombro, de curiosidad ante el descubrimiento de algo, con interés en el detalle. Mi madre, vestida de oscuro y velo negro acorde con la época, parece contener una emoción que apenas si se le escapa en la mirada; supongo que lo estaba, emocionada quiero decir, que ya apunté más arriba su predilección por estos actos. Mi padre, serio como casi toda su vida, e impecablemente vestido como pocas veces; es de agradecer.

El resto de los personajes son, a saber, de izquierda a derecha:

Mi tío Luis, bueno, tío de mi madre, que en realidad se llamaba Ángel y al que, a pesar de haberlo visto poco en mi vida —durante mi infancia pasaba días de sus vacaciones veraniegas en su pueblo—, fue suficiente tiempo para que dejara en mí marcada una huella que aún perdura. Recordarle es esbozar una sonrisa por la frase con la que resumía cómo fue el momento y la situación de mi llegada a este mundo, de la que él fue testigo, y que podéis leer en mi CV bueno:

 …él relató en numerosas ocasiones mi nacimiento y, como todo lo que contaba, con pasión y desmesura; pero en resumen fue algo así:yo estaba haciendo café en una hornilla y, mientras, tu madre fue a por churros; cuando volvió, ya habías nacido tú”

Al lado de mi tío está su hermana Antonia, ambos eran hermanos de la madre de mi madre; no digo abuela a la madre de mi madre, aunque lo fue, simplemente porque no la conocí, y nunca vi procedente llamarla así —hablando con mi madre siempre me refería a ella como “tu madre”. Con la tía Antonia no tuve relación, también vivía en Madrid.

Detrás de ella veo a mi tía Isidora, de la que ya hemos hablado en estas instantáneas. Ahí está en actitud severa, cabeza cubierta con velo, como no podía ser de otra manera en un acto tan serio como éste. Y a su lado, la tía Márgara, mi tía Márgara, hermana mayor de mi padre. Menudo tándem.

Creo que hablar sobre mi tía Márgara, que sería largo y extendido, va a ser cosa de otras instantáneas, que tiempo habrá. Aquí sólo dejar un detalle, el velo que lleva puesto: largo, le cae sobre el pecho, muy calado, seguramente destacando sobre los del resto de mujeres. Y su cabeza alta, quizás demasiado, en un gesto que mantuvo toda su vida, o al menos así lo vi siempre. Orgullo rancio del que nunca participé.

Termino con, mi hermano, al que veo aburrido y que sólo parece entretenerle el fotógrafo; y éste se da cuenta de ello y le hace centro de la fotografía. Así y todo, no consigue sacarle de su abulia; apoyado en los brazos está a punto de dormirse, me lo dicen sus ojos.