domingo, 25 de julio de 2021

1973, verano, El Badén

Seguramente sea ésta una de las fotografías a las que más cariño tengo. Cualquiera que la observe verá, simplemente, a cuatro chavales adolescentes un día de verano al borde de una piscina. Pero quien sepa algo, aunque sólo un poco, sobre sus vidas diría algo más. Como yo sí sé lo sé, os explico:
Cuatro chavales, adolescentes, cuatro primos que, como tantos domingos, y durante la mejor etapa de sus vidas, disfrutaron del sol, del aire y de la libertad que estuvo a su alcance en un sitio que nunca iban a olvidar. Ahora no sé si hablo sólo por mí o también por ellos, que más da, si leen esto me entenderán.
La instantánea fue tomada en nuestra casa del Badén, un lugar que otras veces he recordado por estas Tardes de Solano. Como ya he dicho es verano, que la ropa induce a reconocerlo, y a tenor de la que algunos llevan, seguro que en la piscina hay agua, y si no lo estuviera —poco nivel de agua se aprecia en la foto—, el Zújar está a veinte pasos: el Zújar, la barranca, los ojillos del puente, dejarse llevar de espaldas, boca arriba, por la apacible corriente del agua hasta perder en la lejanía los reconocidos eucaliptos.
Decía que la foto es en la casa del Badén y en ella, en la foto, estoy yo con tres de mis primos, seguramente los más indelebles en mi memoria, sin orillar a ninguno de los demás, ni a ninguna, válgame Dios. Pero es que estos tres, quizá por la cercanía física, el roce real de nuestras pieles, fueron un poco más.
Yo soy, disculpad que empiece por mí, el de la derecha, perfectamente reconocible porque he cambiado poco con el tiempo: bueno, algunos kilos de más, bastantes, eso sí, pero hay otros detalles que no cambian, como el pelo que sigue sin estar bien peinado o la ausente sonrisa, que no terminaría de aparecer hasta pasados algunos años, sin saber bien cuándo y por qué, y que aún me cuesta —eso sí, cada vez menos— hacerla asomar cuando poso para una fotografía.
Detrás de mí, pero en situación más elevada, está Manolo al que presenté por aquí en la instantánea de 1964 «cuando aún ni tenía el pelo largo, ni se había quedado calvo y la barba no le tapaba la nuez», y que llegado a aquel verano del 73 ya había cumplido la primera de las tres propiedades estéticas que marcarían su fisonomía. Manolo, ya lo veis, era delgado, lo que facilitaba su agilidad y destreza física con la raqueta, con el balón, o con lo que se terciara, y que, sin embargo, no estaba en contra de una fuerza que demostraba cada vez que me llevaba de paquete en la bicicleta, aunque hubiera ocasiones en que debía de saltar al suelo, empujar un poco y volver a subirme sobre la bici; al fin y al cabo, aquel juego era cosa de dos. Manolo y yo, por entonces, lo podíamos todo, llegábamos a cualquier lugar de nuestro pequeño mundo en una mañana, ida y vuelta, por cualquier camino, bajo cualquier cielo; cómo nos cundía el tiempo. Manolo era mi ídolo de los domingos, Manolo fue mi amigo a tiempo parcial una vez por semana.
En el centro Eduardo, Edu por entonces, con esa media sonrisa que siempre ha tenido y que de vez en cuando estallaba en una corta y prudente carcajada. Prudente, eso era Eduardo, tal vez, la discreción personificada, hablar poco, o mejor no hablar, si acaso un «u, u, u…» que todos reímos porque lo habíamos entendido perfectamente, que no era desdén que era cómo hablaba su silencio. Aquí presenta una pose algo alejada a la que era su costumbre: informal, levemente descuidada la vestimenta, las botitas (¿TAO?) desatadas. Siempre lo miré con un callado asombro que aún mantengo, el asombro, no la reserva. Y es que Edu hacía cosas que yo quería hacer y no podía o no me atrevía y que, sin embargo, con el tiempo conseguí realizarlas, aunque a la vez, a través de ese mismo tiempo fui considerando que no me quedaban tan bien como las hacía él. Bendita envidia sana, qué feliz admiración. Queda en mi vida el ligero lamento de no haber compartido con él otras experiencias más allá de la relación familiar y de aquellos juegos: colaboraciones profesionales que tanto me hubieran beneficiado.
Y a la izquierda, Arturo, que a esa altura de nuestras vidas ya había dejado, por decisión inconsciente de todos, de ser el Guingui. Ahí ya está acomodado a la postura que le acompañará durante mucho tiempo: la cabeza ha alcanzado el grado justo de una inclinación que siempre me pareció un gesto de ternura y que él siempre creyó que le daba un halo de misterio; los brazos cómodamente cruzados, mostrando su concentración e interés en lo que sucede y que, con el tiempo, estoy seguro, sería signo de autoprotección y distancia hacia los demás; pero que aquí, ya digo, no es más que comodidad. Curiosamente es el único que no viste ropa veraniega; intento recordarlo dentro de la piscina jugando o sólo mojándose y no, no lo veo. A Arturo lo acompañé, y él me acompañó, todos los días de nuestras vidas escolares: colegio de las monjas de la calle de La Palma, una breve temporada en la escuela de La Zona, también en El Cristo, y en el Instituto hasta finalizar el COU. Y todos esos días uno al lado del otro, o él delante y yo detrás, según los cursos y el mobiliario de las clases —mandaba el orden alfabético, nuestro apellido común—. Y fueron todos esos años de trato cercano y continuo, los que me hicieron sentir por él algo especial que iba más allá de la sangre que nos unía, fue también una clara y mutua camaradería en el aula y los recreos, en la calle y en el Badén. Luego, nuestras opciones universitarias y posteriores profesiones nos separaron para sólo vernos en contadas ocasiones, eventos familiares o en algún breve retorno mío al pueblo. Situación que, para mi desdicha, ha sido común para con el resto de la familia, pero que no por ello ha enfriado el afecto.
No recuerdo enfados entre nosotros, aunque seguramente los hubo. Roces sí, celillos, algún quítame allá esas pajas, malas interpretaciones, disgustillos que se olvidarían al domingo siguiente. Como tampoco recuerdo sesudas conversaciones, que lo nuestro siempre fue de rollo fácil, inocente, de incidencias en los juegos, qué hacemos ahora, adónde vamos, de mirar el paisaje, de no decir nada. Poco más, cosas de chiquillos, si es que el tiempo sólo nos pedía pasarlo bien. Y eso fue lo que hicimos.

domingo, 11 de julio de 2021

1973, mayo, Fregenal de la Sierra

La instantánea de hoy es también grupal y, cómo no, de un evento familiar. Es la Primera Comunión de mi prima Matilde, Mati, y se celebró en Fregenal de la Sierra, el pueblo en el que por entonces residía debido al ejercicio profesional de su padre. Debió de ser en mayo, que era por mayo cuando se daban y dan estas celebraciones, y en este momento no sé si la función religiosa se ha celebrado o estamos a la espera. Sea cómo o cuando fuere parece que aún no hemos perdido la compostura, todos estamos muy formalitos.

Es evidente que en la foto faltan algunos miembros de la familia, por lo que es posible que no se hubieran trasladado hasta allí todos. Era un tiempo en el que ninguno de mis tíos ni mi padre, tenían coche propio; la familia, en genérico, es decir para todos, disponían de dos, un Citroën 2CV y un Seat 850, además de una pequeña furgoneta, también Citroën para uso en las obras. En ocasiones como ésta, recuerdo, que alquilaban, o les prestaban, una furgoneta de mediano tamaño adaptada para el transporte de pasajeros en la que, algo apretados, se conseguía completar el cupo de viajeros. Así y todo, me pongo a echar cuentas —de mi tío Pablo, cinco; de mi tío Rufino, cuatro; de mi tío Vito, seis; nosotros, cuatro, más mi tía Márgara; total veinte— y me parece que más de uno se tuvo que quedar en Villanueva. Bueno, quizás no, algunos eran aún pequeños, ahí está Ángel Luis que apenas se tiene en pie; seguro que ese día fuimos todos.
No sé quién hizo la fotografía ni quién eligió el decorado. Para lo último, quien lo eligiera, no estuvo acertado: un muro viejo, encalado que disimulaba los defectos y su edad. Seguro que íbamos, o volvíamos, de camino a la iglesia donde se celebró el oficio religioso, e indudablemente en ese camino habría fondos más adecuados donde inmortalizar el acontecimiento, pero el fotógrafo, ya se ve, no estuvo acertado. Ni nosotros estábamos para pensar en ello.
De todos los que posamos en la instantánea hay dos personajillos que no reconozco: agachados, el primero por la izquierda, un niño que, por mirar a los demás, gira ocultando el rostro y por ello se hace irreconocible —de ese tamaño y en esa época, un niño así no había en la familia—; y también agachada, no identifico a la niña de la derecha. Con toda seguridad, no es de nuestra familia.
En la foto sólo una persona mayor, mi tía María Ángeles, que ha aparecido por este blog en más de una ocasión y que aquí posa con sus cuatro hijos. Parece ir vestida de uniforme, mangas hasta el codo y cuello cerradísimo, propio en una señora que se disponía a ir, o venía de una iglesia; mira sonriendo al último de sus hijos, Ángel Luis, casi en el centro de la imagen y foco de las miradas de más de uno, tanto que parece que él es el protagonista de la fotografía y no la comulgante. A su lado, de mi tía, veo a Matilde que no era prima mía pero era casi de la familia; sí lo era de la protagonista de ese día, y ya la recordé en la instantánea de 1969, cuando escribí que de su «familia conservo gratos recuerdos, de aquella época en particular, las primeras miradas de soslayo a su hija», pues ésta es, o era, la niña a la que yo dedicaba aquellas miradas que no fueron a más, las cuales, no voy a negarlo, aún recuerdo.
Matilde da la mano a nuestra prima común, Mati, que vestida de monjita —parece que por entonces las niñas no eran disfrazadas de novias o princesas para recibir por primera vez a Jesús Sacramentado— y también mira al benjamín de la familia. Detrás de ella, y con la mano sobre su hombro está Mª Eugenia que, evidentemente, está más mujercita aún que en alguna instantánea anterior; el complemento de las gafas es un signo del momento, como también percibo que lo es el pantalón que lleva puesto que debía de terminar en una actualísima, de ayer y de hoy, campana.
A continuación, a mi lado, Arturo, el quinto con tal nombre en la familia Gallego, habitual en estos escritos y compañero de estudios y juegos durante muchos años, en su sempiterna pose: brazos cruzados, piernas ligeramente abiertas y cabeza que con el tiempo irá ladeando progresivamente. Yo quedo entre él y su hermana Mª José, a la que el fotógrafo no ha tenido reparo en seccionar; observo que, a pesar de la faldita corta del modelito que, intuyo, comparte con su hermana, va dejando de ser una niña, y cuánto se aleja de la posturita de 1964 en la puerta de parroquia de La Asunción. 
Entre los dos, queda un servidor, algo despeinado como comenzaba a ser habitual en mí —apariencia que ya no me abandonaría—, se lo debe de estar pasando bien, o eso parece, y por eso sonrío, como todos; del pantalón que llevo puesto, y que reconozco por esas solapillas que cubrían los bolsillos, no hago comentarios, pues aún me dura la manía que desde la primera puesta le tengo.
Y en primera fila están el niño que se oculta; le sigue Victoria, que mira a su hermano correspondiéndole a su sonrisa; Manolo, que no sé si ya había dejado de ser Manolito —seguramente no pues aún viste pantalón corto—, sosteniendo al menor de los Gallego, y sus dos hermanos, Margui y el por entonces último Arturo.
Remata la fotografía, en cuclillas y a la derecha, la niña anónima.