domingo, 29 de noviembre de 2020

1965, diciembre

Pongamos día exacto a esta instantánea: 25 de diciembre de 1965, día de Navidad. Es el bautizo de mi primo Fernando y al que, pasados más de cincuenta años, sigo llamando Fernandito y no le molesta. Y eso a pesar de que me saca, por arriba, algo más de una cuarta.

Me es fácil adivinar que la ceremonia se celebra en la iglesia de La Asunción, en la capilla donde se encuentra la imagen del Cristo de la Pobreza, y también la de la virgen de Guadalupe. La ofició don José Vargas, un sacerdote natural del pueblo que vivía en los altos del bar Centro de las Pasaderas: siempre iba con gafas oscuras, incluso cuando ceremoniaba —como se le puede ver en la fotografía—, y fumaba en público, lo que resultaba de todo punto insólito en un pueblo como el mío y en una época como aquella; era primo de nuestra vecina Pepa, y murió joven, seguramente poco después de esta foto. A su entierro fue todo el pueblo, llena estaba la parroquia y buena parte de la plaza, que lo recuerdo porque mi madre nos llevó a la misa de funeral, en la que el féretro estuvo destapado y yo pude ver el primer muerto en mi vida.

Pero bueno, aquí aún vivía y está bautizando, decía, a mi primo Fernando, al que tiene en brazos mi tía Isidora, que ejerció de madrina —como también lo hizo en mi bautizo, me parece que también en el de Ino, y juraría que en algunos más también—, y que a falta de hijos acumuló sobrinos amadrinados. El neófito recibió el nombre de Fernando, que supongo fue impuesto por mi tía y que no debió tener ninguna oposición por parte de los padres, como no lo tuvo en otros casos; en el mío, ya lo he contado, tampoco hubo desacuerdo o al menos, éste fue a medias.

El padrino es mi tío José que ya lo vimos en la instantánea anterior ejerciendo de lo mismo, pero en aquella ocasión de boda, en el enlace de los padres del recién bautizado. Mi tío también fue padrino mío, y de algún sobrino suyo más, y como tal siempre lo sentí muy cercano, no dudando nunca en tener pequeñas atenciones para conmigo, por lo que yo, en multitud de ocasiones paraba un instante, de vuelta del instituto a casa, en la herrería que tenía en una de las esquinas del Cruce de Fajardo, simplemente a saludarlo, un hola y un adiós, y él me premiaba con una moneda o un caramelo de menta, a los que era aficionado y con los que, tal vez e ingenuamente, trataba de contrarrestar su adicción al tabaco. De paso, yo cogía alguna escoria de pequeño tamaño que durante el camino a casa acariciaba y luego conservaba para colocarla apilada con otras en el Portal de Belén, en Navidades, semejando rocas. Delante de mi tío está su hija, Ino, a la que apenas reconozco, pero consultado con ella me asegura que sí, que se trata de su persona. Pues aclarado, eres tú, prima.

Mi madre a la izquierda, mi padre en el centro, ambos atentos al ritual que, en ese instante es el acto directo del bautismo, “yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, sin pérdida de detalle. No como mi hermano, que en cada foto tiene querencia a la cámara y siempre la mira recreándose como si de un actor se tratara.

¿Y yo?, ¿no estoy?, no sé, tal vez sea mía la cabecilla que se intuye detrás del guion que sostiene el sacerdote, ¿quién, si no puede ser ahí junto a mi madre?

Al fondo, y como ajeno al asunto, un señor que no sé quién es, a lo mejor sólo pasaba por allí.

Nota final: la fotografía, no hay que dudarlo, es de Francisco “el Sacristán”, que no creo que allí nadie más pudiera hacer fotos, pues para eso era su parroquia. Aún puedo verlo dando educadas órdenes, buscando la posición deseada, bolsa al hombro, cámara a la cara y destello del flash que obligaba a cerrar los ojos en el último milisegundo y siempre me dejaba con la preocupación de que en el resultado final apareciese con los ojos cerrados.

 


domingo, 8 de noviembre de 2020

1965, Febrero

 Seguramente ésta fue la primera boda a la que asistí en mi vida. Y la recuerdo, primero por esta foto que lleva con nosotros desde hace siglos y que estaba en uno de los amarillentos álbumes que, con rigor y algo de previsión para con lo que serían mis gustos, conservó mi madre durante toda su vida. Y segundo porque tengo gravado, como dos destellos permanentes, un par de escenas de la posterior celebración.


Estoy hablando de la boda de mi tío Alfonso y la que iba a ser su mujer, mi tía Petra. Fue el 8 de febrero de 1965, y por el edificio que se ve al fondo de la foto, estamos en la Plaza de España de Villanueva: es la esquina que da al parque, que todavía era el original, y a la izquierda de la foto, no se ve, pero está la iglesia.

La instantánea recoge el momento exacto en el que la novia y el padrino acaban de llegar a la entrada principal de la iglesia de la Asunción. Apenas se han bajado del coche —supongo que alguno de los taxis que permanecían aparcados en la misma plaza a la espera de ser alquilados—, la puerta aún permanece abierta, a la novia ni le ha dado tiempo a situar cómodamente los pies en el suelo, aprecio cierta inestabilidad en ellos, y el impaciente fotógrafo ya ha disparado su cámara sin esperar a que ella se acomode. En cambio, todos los demás, que tampoco somos muchos, estamos perfectamente colocados.

La novia está del brazo de quien fue su padrino y que, contrariamente a lo que la costumbre establecía, no se trató de su padre que, por entonces, estoy seguro, aún vivía, sino que por alguna razón que desconozco ejerció como tal mi tío José. Éste era el hermano mayor del novio, y por lo tanto también de mi madre. Ahí donde lo veis, tan elegante, serio, guapo incluso, no es la imagen que de él me ha quedado. Mi tío José será siempre esa dualidad entre la energía de sus gestos y el moderado pero sincero cariño que transmitía: enfundado en su mono de trabajo, trajinando ante la fragua de la herrería donde debió moldear toneladas de hierro candente, martillo pilón incansable, pum, pum, pum, manos enormes que no renunciaban a una caricia, a un gesto amable, a una gracieta. Todo ello muy lejos a como lo veis en la instantánea, que aquí está el tío, mi tío José, altivo y formal, fija la vista en la cámara, sin esquivar en ningún momento, ni entonces ni nunca, la infantil tragedia que dejó su mirada a la mitad. Pero es que la situación lo requería, había que estar serio y trascendental, como deben comportarse todos los padrinos.

¡Vaya!, la novia, que era la protagonista, la he dejado a un lado. Voy con ella.

La mujer va elegante, como seguramente iban las novias entonces: vestido recatado, color superblanco pureza absoluta, rostro claro tras un inútil velo, peinado alto, flores en la mano y una medallita al cuello que, me juego una de las manos con las que tecleo ésto, representaba a la Virgen de Guadalupe.

En primer plano dos niñas que sostienen, una las arras y la otra no sé, ¿los anillos? La de la izquierda es una sobrina de la novia, Esperanzi, la he tratado poco en mi vida así que poco puedo hablar de ella. La otra es Ino, hija del padrino, ya ha aparecido por aquí en un par de ocasiones. Ambas lucen unos vestiditos poco recatados, el de mi prima menos recatado aún, iniciando en ella una línea que continuaría, a Dios gracias, mucho tiempo.

El de la izquierda es mi padre al que, como en tantas ocasiones, no consigo adivinar el gesto; él está mirando y ya está. En cambio, la señora de atrás, a la que creo recordar, pero ni pongo nombre ni relación clara con alguien conocido, sí parece tener una mirada clara, llena de curiosidad, como para no perder detalle que luego tengo que contarlo. Más atrás un señor mayor tocado con gorra, reconocible: era un tío segundo de mi madre, al que llamaba el tío José Redondo, y no porque fuera su apellido sino porque estaba emparentado con un antiguo cantante de zarzuela, llamado Marcos Redondo, muy reconocido allá por la primera mitad del siglo pasado. Lo contaba ella, cosas que no se olvidan.

Lo de las dos escenas que de la celebración tengo gravadas, y que adelantaba al principio, las viví en Casablanca, un local de la calle Nueva donde se festejaban acontecimientos como éste; creo que era grande, algo estrecho, pero alargado. Al fondo un pequeño escenario, y detrás un cuarto grande, como un almacén. El convite de aquellas bodas consistía en una sucesión de platos de embutidos, conservas y dulces de hornos caseros que algunas mujeres, familiares y amigas de los novios, se encargaban de repartir entre los invitados, tras haberlos preparado en aquel cuarto trasero. Yo me colé a aquella sala de operaciones y quedé fascinado ante tanta comida: con precisión quedó en mi cabeza la imagen de la mayor lata de mejillones en escabeche que he visto en toda mi vida.

La segunda escena la protagonizó la que a partir de esa mañana ya era mi tía, mi tía Petra. Un servidor está en el salón, sentado en una silla, observando todo lo que allí se desarrolla, hombres y mujeres que parecen felices, bailan, se ríen. Y va mi tía y se me acerca, se inclina y me ofrece un trozo de tarta. Sólo eso, qué sencillo gesto, pero tan grande como para no haberlo olvidado nunca.

Son esas pequeñas cosas de la canción, esas que hacen que recordemos y queramos eternamente a algunas personas, aunque haga casi media vida que se fueron.

 

Posdata: el niño de la izquierda soy yo, que si no estoy en la foto, la foto no estaría aquí.