domingo, 6 de septiembre de 2026

Caminos del deseo

No hace mucho, una influencer me descubrió, o debería decir me identificó, lo que se denomina caminos del deseo. Y escribo el verbo identificar porque, aun conociéndolos, yo no sabía de su relativa importancia en el urbanismo y, mucho menos, les daba nombre.
Los caminos del deseo son senderos informales que se van formando de manera espontánea en la tierra o el césped de un espacio abierto, por ejemplo, en un parque.
No estaban los planos del proyecto original, pero las personas los pisan de manera repetida acortando distancias y haciendo ver al urbanista que el camino oficial que en el proyecto trazó no responde al diseño más directo, corto o cómodo que hay entre un punto y otro. Son atajos que el usuario decide, se prefiere una línea recta a dar el innecesario rodeo que obligan los ángulos rectos que dibujó en el plano el paisajista o decidió el técnico municipal. Así, un paseante y otro más, un par de pies y muchos más, día tras día, debilitarán la hierba hasta dejar la tierra al descubierto, o compactarán el firme de una estrecha senda hasta hacerla perfectamente distinguible del resto.
Pero finalmente los caminos del deseo s
on algo más que el simple capricho del paseante o del usuario del lugar que se trate: jardines, urbanizaciones, parques, espacios abiertos en general. Terminarán definiendo cuáles son los gustos, recorridos más frecuentes, conexión de destinos; en fin, el comportamiento cotidiano de la gente. Es por ello que se está imponiendo la idea de definir los pavimentos en espacios públicos hasta que, pasado el tiempo, la gente haya marcado cuáles son los senderos idóneos y más prácticos; que el público dibuje primero en el suelo, y el camino definitivo se ejecute sobre aquel dibujo. Algo así como un consenso, el voto de los pies: según el número de pisadores y la frecuencia temporal, se determinará el tamaño del camino y la erosión del terreno, indicando la aceptación social.

Viene toda esta introducción a que, cuando la influencer aquella me identificó los caminos del deseo, recordé los años de universidad y las caminatas desde mi casa hasta la Escuela —la economía no daba para otra cosa, sólo caminar—, que duraban casi treinta minutos y se alargaron algunos años. Aquellos recorridos los realizaba junto a un compañero de carrera y también de residencia, y transcurrían por una avenida, zigzagueando calles, atravesando un par de solares y también los jardines abiertos a la calle de una urbanización de altos bloques de viviendas.

Era al pasar por aquellos jardines cuando inevitablemente acortábamos las distancias y huíamos de los caminos oficiales, siguiendo ligeras sendas que ya estaban marcadas. En muchas ocasiones, mi compañero comentaba —y juro que la primera vez pensé que aquello era una idea suya, y seguramente lo era, pues no tenía por qué conocer la existencia de los caminos del deseo—, que el trazado de los senderos en los jardines tenía que realizarse mucho después de haber sido abiertos al público. La idea era antigua, pero sin duda para nosotros era novísima.

Terminamos la carrera y cada cual siguió por distintos destinos laborales. Él asistió a mi enlace matrimonial y yo al suyo. En un par de ocasiones lo visité en su centro de trabajo cuando recalé en su ciudad por motivos profesionales. Nunca volví a tener contacto con él ni él conmigo, claro —me parece y temo que esto ha sido frecuente en mi vida—. Se ve que nuestros caminos han tenido deseos distintos.

Sin embargo, no puedo esquivar esos recuerdos, siempre con un acusado sentimiento agridulce, cada vez que los pies me llevan por lugares donde los caminos del deseo son una realidad o deberían serlo.

 

Nota: la denominación caminos del deseo proviene del inglés desire paths, término atribuido a Gastón Bachelard (1884-1962), filósofo y poeta francés.

lunes, 24 de agosto de 2026

En España aún hay censura

En España aún hay censura: lo de Ceuta es aún más grave de lo que pensamos. El notario Juan José López-Burniol ha sido censurado y despedido de La Vanguardia por intentar publicar allí el artículo que a continuación reproduzco. Lo ha distribuido por WhatsApp a sus contactos, junto con el mensaje que también reproduzco. Tal que así lo he encontrado en una red social.

«Hola, buenos días. Te adjunto “La revancha”, el artículo que el pasado miércoles remití a La Vanguardia para su publicación, como era habitual, el sábado siguiente, es decir, hoy. Pero, el mismo miércoles, recibí un correo de su director (Jordi Juan Raja) comunicándome, de acuerdo con el editor (Javier de Godó) y bajo el epígrafe “Retirada de l’article”, que habían decidido “suspendre la nostra relació”. Una relación que yo ya doy por definitivamente extinguida. Bien está lo que duró. He dudado en copiar aquí la razón que el director alega para ello, pero me ha parecido indecoroso dar publicidad a una comunicación privada. Yo pienso que las causas son varias e interrelacionadas. No me ha sorprendido, por tanto, el momento opaco elegido -precisamente a fines de agosto- para hacerlas efectivas. Si te hago llegar el texto del artículo, es sólo para difundir y sostener lo que digo en él, en defensa de España como nación y del Estado que la articula jurídicamente. Dadas las circunstancias, ten por seguro que es posible que reincida más de una vez. Salvo que tú me digas que no lo haga. Cordialmente, Juanjo López Burniol»

LA REVANCHA
​Desde hace algunos años, ha ido tomando cuerpo en España una insistente ansia de revancha de nuestra última contienda fratricida, que estalló hace noventa años. Esta revancha se libra como una nueva guerra civil, afortunadamente híbrida, en la que no se combate con ejércitos convencionales y en campos de batalla tradicionales, sino mediante la fractura social deliberada y azuzada, el bloqueo y el colapso institucionales y la polarización radical de las posturas, que desembocan en un enfrentamiento civil. Lo que se manifiesta en el alineamiento de dos bandos separados por un muro. Un maldito muro erigido en mala hora por el presidente Sánchez. Estos bandos son los mismos que definió el Pacto de San Sebastián en 1930 y se enfrentaron en 1936. Por un lado, las izquierdas de distinto octanaje, más las derechas separatistas catalana y vasca; y por otro, el resto de las derechas.
​El objetivo que persigue esta revancha, iniciada ¡desde el poder! por el presidente Rodríguez Zapatero y potenciada sin límite por el presidente Sánchez, es: a) poner fin a la segunda restauración monárquica instaurada en la persona del Rey Don Juan-Carlos; b) derogar la Constitución de 1978; c) abrogar el Régimen implantado por ella; d) derrocar al Rey Don Felipe, para conectar directamente con la legalidad de la Segunda República (profanada en su día, primero por un bando y luego por el otro); y d) instaurar una Tercera República presidencialista, plurinacional y confederal, que ponga fin a España como nación, es decir, como un ámbito de solidaridad primaria e inmediata conformado por la geografía y por la historia, en el que todos los españoles son iguales.
​Otra vez las malditas “dos Españas”. Y seamos claros: no son adversarias, sino que son enemigas. La resolución de su conflicto no atenderá, por tanto, a unas reglas aceptadas por todos, sino al respectivo poder de las fuerzas en presencia, con el apoyo sicario de sus respectivas tropas auxiliares mediáticas.
El choque se iniciará pronto. A lo más tardar, en un año. Y este conflicto civil coincidirá quizá con el estallido de la crisis larvada y agravada de Ceuta y Melilla, que, vistos los antecedentes, acabará en un nuevo 98. Será el “Desastre” final. España estará más sola que nunca, gracias a una política exterior demencial, y no tendrá ni el consuelo de salvar su honor gracias, como siempre, al sacrificio de sus soldados, como sí se salvó en Cuba y Filipinas. ¿Y las consecuencias de esta debacle? Eso, sábelo Dios. En cualquier caso, España perderá. Y entonces, todos, absolutamente todos, podremos decir refiriéndonos a España: “Entre todos la matamos y ella sola se murió”. No habremos sabido preservar ni el legado que recibimos.
En medio de esta penosa situación, que nos aboca al despeñadero, puede ser aleccionador, e incluso ameno, leer un libro reciente del historiador Juan-Francisco Fuentes, catedrático del ramo en la Complutense, que recoge su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia. Se titula “Hambre de patria” (un título que no refleja la sutileza del texto) y recoge con minucioso rigor muchos aspectos de la peripecia vital, intelectual y sentimental del exilio republicano tras la guerra civil. Una peripecia que cristalizó en una verdad como un templo: la Transición (prescindir del pasado para pactar el futuro) se soñó en el exilio mucho antes de que los de dentro acertásemos ni tan siquiera a imaginarla. Por eso, considero hoy a muchos de los líderes republicanos de entonces como si fuesen “míos” de toda la vida, mientras que desconfío y reniego de nuestros actuales dirigentes. Son legítimos, pero carecen para mí de “auctoritas”, de credibilidad.
Ojalá un líder, tan demócrata como patriota, saque a España de este mal trance desde la ley, con la ley y por la ley. Como cuando de Gaulle levantó a Francia de su “extraña derrota” (Marc Bloch), llevándola a figurar luego entre los vencedores de la guerra. Y como cuando Churchill llevó al Reino Unido a resistir primero para vencer después. Todos necesitamos, a veces, un milagro. Así sea.

Juan José López Burniol


 

lunes, 17 de agosto de 2026

PROCAFEINAR

 Palabras hermosas, extrañas, curiosas...

PROCAFEINAR:

Posponer una decisión, situación o la ejecución de una tarea hasta no haber tomado un café.

Verbo transitivo, neologismo, con cierto tono humorístico, que indica el retraso en la toma de alguna responsabilidad a la vez que se prioriza el momento del café. Porque nada importante puede hacerse, ni siquiera comenzar el día, sin tomar un buen café.



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domingo, 16 de agosto de 2026

Paseo matinal

Me ha llevado hoy el paseo por un camino que hace unos años recorría con frecuencia acompañado de mi perro. Decidí dejar de frecuentarlo pues, aunque transcurre por un hermoso paraje sombreado por pinos y eucaliptos, y flanqueado por la duna tupida de retama que lo separa de la playa, se encontraba en un estado que lo hacía intransitable; la arena lo había cubierto y el paseo se convertía en una tortura incluso para el infatigable Bogui.
Sin embargo, ha sido a principio de este verano cuando descubro con sorpresa y no menos alegría, que a alguien de las alturas administrativas se le ha ocurrido adecentar el camino y convertirlo en una senda bastante más atractiva de lo que era. Ha bastado un algo más que profundo lavado de cara: retiro toda la arena de la pista, compacto una buena capa de tierra y ya tengo el sendero perfecto. Y a buen seguro que lo es.
El camino tiene un solo defecto y es su abrupto final, se acaba de pronto. Termina ante un muro de espesa maleza sin ofrecerte, ni a derecha ni izquierda, una continuidad. La media vuelta es la única opción.
Y en esa media vuelta estaba cuando de frente me encuentro a un señor que, parado ante mí—en el primer segundo creí ver una aparición— me espeta que «si aquí se acaba el camino», «sí, buenos días, sí, aquí acaba el camino», le contesto.
Cuatro palabras más de información, otras tantas de cortesía y me dispongo a iniciar el camino de vuelta por el mismo que traje de ida. El señor se me pega al lado, camina junto a mí, y comienza a hablar sobre el tiempo, el paisaje y los temas que se suelen utilizar en una conversación entre desconocidos. Pero éste caballero va a más; en pocos metros ya me está hablando de su familia, de las circunstancias que le han llevado a pasar unos días de vacaciones en este lugar, a lo que dedicó su vida laboral, a lo que dedica su vida ahora, a lo que la dedican los dos hijos que dice tener, cómo conoció a su mujer, cuál es su lugar de residencia y las condiciones sociales y urbanísticas que la rodean, y, lo que ya me pareció un acto de orgullo y autovalidación, presumir de cuánto viaja, desde siempre, que dice haber sido y ser su pasión. Me habla, curiosamente, de países, de ciudades extranjeras, pero apenas de lugares españoles. De vez en cuando intento meter algo de parloteo sin conseguirlo, apenas unas frases sobre mí procurando seguir el contexto en el que él se mueve.
El camino continua y he terminado por adaptarme a su paso, que es algo más lento del normal en mí. Me voy preguntando si el buen hombre se desviará por algunas de las sendas afluentes, pero no, sigue a mi lado. Me entero que el último viaje fue a Argentina, doce o catorce días, me da detalles de sitios, alguna anécdota e incluso algunos gastos. Se me comienza a hacer bola el tipo. Prosigue su narración, después de volver de Sudamérica, trasmitiendo el fuerte deseo que tiene su mujer por conocer China que, aunque no es Oriente tierra de su predilección, no puede dejar de dar gusto a la cónyuge.
Sigo escuchando el interminable monólogo, y a una marcha que me incomoda. Qué ganas me entran de tomar el camino que a derecha llega hasta la cercana playa, pero no, eso sería continuar el regreso a pleno sol y abandonar las placenteras sombras de los eucaliptos. Además, creo que la marea está alta y con esa situación la arena es una tortura para las piernas, al menos para las mías. De modo que aguanto y hago un esfuerzo para meter alguna cuña: le hablo, en poco más de veinte palabras, de mi último viaje a Galicia y la balnearia estancia en aquella tierra. Me deja pasmado al responderme que no conoce Galicia, a la vez que en mi interior me río a carcajadas preguntándome qué puñetas se le habría perdido al zoquete este en mitad de la Pampa o al pie de las pirámides de Guiza si antes no ha pisado aún la inmensa mayoría de las tierras de España. Acusadme de…, me da lo mismo qué, pero la idea que del personaje me quedó, cuando por fin abandonó el camino y con ello un servidor su compañía, fue la de un Phileas Fogg de extrarradio, vanidoso a más no poder.
En la primera terraza que encontré pedí un café; era necesario volver a mi mundo.

sábado, 8 de agosto de 2026

Declaraciones miserables para ocultar los errores del Gobierno.

 La tribuna de Albacete

 
CRÓNICA PERSONAL
Pilar Cernuda
Periodista y escritora. Analista política
Declaraciones miserables para ocultar los errores del Gobierno
01/08/2026

Hay ocasiones en las que la rabia se desborda, más todavía cuando la provoca nada menos que un presidente de gobierno.
Sánchez ha sido el más sumiso de los gobernantes españoles ante Marruecos, con mucha diferencia sobre los demás. Cesó a la ministra de Exteriores por acoger al líder del Polisario para ser tratado de coronavirus en un hospital de Logroño. Es tan insolvente este gobierno, tanto, que creía que los servicios de inteligencia marroquíes no iban a conocer la llegada del jefe polisario en un avión privado a España, y las repercusiones políticas fueron muy graves. Entre ellas, el mencionado cese de la ministra Laya, que desde luego no fue la culpable del desaguisado, cumplía instrucciones. En años anteriores, las visitas - siempre discretas de los dirigentes del polisario, se pactaban con Marruecos. Sabían los gobernantes españoles que era inútil ocultarlas.
Sánchez, servil hasta provocar vergüenza, cambió la posición del PSOE sobre la soberanía del Sáhara, pero no satisfecho, el rey Mohamed VI, envenenó todo lo que pudo las relaciones de España con Estados Unidos, y además rivaliza con los puertos y bases españolas para controlar el Mediterráneo y hacerse con el tráfico de contenedor,
El gobierno de Sánchez se ha negado sistemáticamente a atender las demandas de las autoridades de Ceuta y Melilla, de la Guardia Civil y policía nacional, partidos -incluido el PSOE) y diferentes instituciones sociales para ampliar los efectivos y medios de los que disponen las fuerzas de seguridad para combatir las oleadas de inmigrantes ilegales, marroquíes y subsaharianos, que llegan desde el otro lado de la frontera.
Este presidente español que no tiene ni un átomo de respeto por España y los españoles, ha viajado a Ceuta solo para decir que la culpa de lo que ocurre no es de Marruecos, sino del Tribunal Supremo. No caben declaraciones más injustas, más falsas, más miserables.
El Supremo se limitó a interpretar una ley que, si el gobierno consideraba injusta, tenía en su mano llevarla al Congreso y cambiarla. No se pueden hacer devoluciones en valiente a quienes entran sin cruzar una frontera, nadando, como hacen quienes llegan a la parte española de la playa del Tarajal bordeando el escueto dique que separa el sector marroquí de la playa del sector español. En lugar de llevar tantas iniciativas al Parlamento para cumplir con las exigencias de sus socios -la última, indultar a tres independentistas condenados por corrupción- nada como corregir textos cuando los hechos aconsejan actualizar las leyes.
50 mil inmigrantes ilegales -algo más de la mitad de la población de Melilla— vagan sin control, sin ser atendidos, y se buscan la vida como pueden ante la imposibilidad de tener alimentos, unos mínimos servicios sanitarios e higiénicos. Algunos de ellos demuestran una agresividad que ha llevado a parte de los melillenses a no salir de casa. Hay imágenes con inmigrantes ilegales haciendo alarde de su capacidad de agredir a quienes intentan abordarles. Uno de ellos, con una catana en la mano.
¿Y Sánchez, y Marlaska? Echan la culpa al Supremo y salvan a Mohamed VI. En Bruselas se ha abierto el debate sobre la continuidad de España en el espacio Schengen.
Faltan palabras para definir la incapacidad, la desvergüenza y el deshonor de este gobierno.

domingo, 12 de julio de 2026

Salvar la reputación


Leo por ahí, el internet y las redes sociales dan mucho juego, una frase que me ha hecho pensar un poquito, reflexionar algo, pero poco, que tampoco da para más y también andaba yo con prisas. Estaba buscando unos datos sobre algo que ahora no importa, y el algoritmo te asalta con otras cosas que cree que sí te importan, y tienes dos opciones, o te las tragas o le das un dedazo a la pantalla y lo mandas al guano, al algoritmo y sus consejos.
En esas estaba cuando apareció la frasecita:
«¿Cuántos de nosotros hemos salvado la reputación de alguien al no contar nuestra versión de la historia?»
En mi vida y mi memoria no hay muchas reputaciones salvadas gracias a mi silencio. O mejor dicho, pocas, muy pocas, pero que ahí siguen guardadas en el baúl de los recuerdos sin ánimo, por mi parte, de ser expuestas. Y ello es, en todos los casos, porque el o los protagonistas de la historia ya no forman parte de mi existencia, y estoy seguro de que en el futuro tampoco la compartirán. Al menos ese es mi deseo, y espero que el de ellos también.
Si hubo, en cambio, quienes salieron de mi vida, precisamente, porque una historia provocó la salida. Una historia que debió de tener tantas versiones como protagonistas. Algunos sí contarían su versión, otros la callarían, qué más da quién y cómo. Seguro que el otro no contó su versión y así fue mi reputación la que quedó a salvo. Eso tampoco lo sabré con seguridad.
He vivido algunas historias que terminaron —también pocas, muy pocas—, y para siempre, en las que fue la otra parte la que contó su versión mientras yo callé. Entonces me dieron lo mismo las consecuencias de aquello. La deslealtad por su parte se pagó con el ostracismo por la mía. Y a otra cosa mariposa.
En otros casos sí me atreví a contar lo que yo interpretaba del suceso, sin importarme cómo quedara la reputación del contrario. Por qué iba a importarme, si entonces lo que de verdad interesaba era echar por tierra el prestigio de quien me había defraudado, daba lo mismo en qué cuantía o por cuál motivo.
¿Por qué en unos casos sí y en otros no?, vaya usted a saber. Quizás sea por el grado de dolor que la historia produjo.


domingo, 14 de junio de 2026

Desayuno en el parque.

Mi nueva vida, la de ausencias de obligaciones laborales, me lleva muchas mañanas, y antes de que el sol caliente más de lo admisible, a caminar por un par de calles del entorno de mi vivienda hasta alguno de los parques —casi bosques— próximos en los que ocupo el tiempo con una caminata hasta justo el momento en que el cuerpo me dice «venga, Mánuel, siéntate un ratillo, luego sigues».
Es durante ese recorrido hasta llegar al parque que toque, donde voy dejando en las aceras no sé cuantas terrazas de bares con casi todas sus mesas ocupadas a pesar de tan temprana hora. Y da lo mismo la estación del año, el tiempo o el horario, que para ello han inventado un entoldado envolvente que cobija de las agresiones exteriores. Ahí están, los veo a diario, tipos y tipas de variado aspecto, condición y edad que no dudan en realizar esta actividad en medio del pequeño caos que supone estar rodeados de otras sillas ocupadas, ruido de cláxones, humo de motores y conversaciones elevadas de decibelios, cuando no de monólogos a través de un pinganillo. Ahí están: obreros en su tiempo de desayuno; jubilados, con o sin pareja, pero con el perrito atado a la pata de la mesa; grupos de señoras ataviadas con llamativas ropas deportivas, mochila y alfombrilla enrollada de invariable color chillón; abuelos con el nieto de cortísima edad adormilado en su cochecito; personas a las que sólo acompaña su primer cigarrillo cuando aún no les han servido el café; y muchos otros que no consigo encajar en categoría alguna, pero que me obligan a preguntarme por qué están ahí.
Sin embargo, la gran pregunta que me hago, para todos los grupos anteriores, excepto el primero, es ¿por qué no desayunan en sus casas?, y también ¿es que no saben prepararse un café, hacerse una tostada, untársela de fuagrás? —esto último sí saben hacerlo, que el bar no sirve las tostadas ya untadas—.
Pues eso, que estaba un servidor un día más plateándome estas incógnitas al pasar junto a ellos, sin comprender —y sigo sin comprenderlo— esa costumbre que en poco tiempo ha arraigado tan sólidamente por estas tierras, hasta tal punto que, incluso se habla de una cultura al hecho de desayunar en la calle, que cualquier novedad es ya cultura, oiga. E invariablemente, como cada día, sin encontrar respuesta, cuando al cabo de más de una hora, que es lo que vengo tardando en dar una vuelta por los senderos del parque, me detengo a descansar antes de iniciar el regreso a casa, en una zona habilitada no sólo para el reposo, sino también para reuniones y comidas grupales. Veo llegar a una pareja, mayores ambos, lo que hoy viene a llamarse tercera edad —menuda bobada el eufemismo—, portando dos sillas de playa y una bolsa grande de supermercado. Se posicionan no muy lejos de mí, pero lo suficientemente cerca como para poder observarlos con precisión: abren sus sillas, se sientan y comienzan a sacar cosas de la bolsa; veo que en la mesa dejan tapergüeres, servilletas y cubiertos; después tazas y un gran termo del que sirven a las tazas. Minutos después están los dos plácidamente desayunando bajo la agradecida sombra del pinar, que junio ha venido calentito y el sol comienza a animarse más arriba de las copas de los árboles. Me quedo allí más tiempo del habitualmente empleado en mi descanso. Y es que estoy disfrutando con la demostración de sosiego que los dos personajes me están ofreciendo, tan lejos de la innecesaria vorágine que es la terraza de la calle, tan cerca de la calma que esas edades necesitan y a la que con todas mis fuerzas aspiro. Otra escena más de esas de las que decimos que nos reconcilian con la vida.
Vuelvo a casa, pero ahora por otra calle más tranquila, apenas si me cruzo con gente y no paso por ninguna terraza de bar que pueda alterar la idea del momento. Imagino al viejo matrimonio recién levantados esa mañana, después de la cálida noche que, tal vez, no les haya dejado dormir, decidiendo que durante las dos horas siguientes no quieren más calor: «Mira, Juan, hago café, preparo algo y nos vamos al parque a desayunar», «como tú quieras, Reme, estupendo».


sábado, 23 de mayo de 2026

Un sobrecito de azúcar

Me llaman la atención, o mejor, me llamaban, porque se vienen repitiendo mucho últimamente y el tema ya cansa, las frases que ilustran los sobrecitos de azúcar, algunas de conocidos personajes literarios, históricos, y otras de autoría anónima. Suelo fotografiar el sobrecito junto al vaso o la taza, después lo rasgo y endulzo el café. Tengo una carpeta en mi ordenador con muchas fotitos, e incluso he dejado caer algunas en mis redes sociales.
Cuando creía que ya estaba todo inventado, cansado de frases de Groucho Marx, de Charles Chaplin, de Churchill, de Einstein —que no sé cuándo ésa gente trabajaba si parece que estaban todo el tiempo pensado frasecitas—, de escritores y pensadores variados, encuentro una de autor desconocido, la más encantadora de todas por su carga de resignación, hasta ahora, que no sé qué me deparará el futuro.
El autor parte de un dicho conocidísimo, atribuido al político y escritor cubano José Martí: «Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro»; y que viene a decirnos de manera simbólica y trascendente, siguiendo el orden del proverbio, que debemos crear un hogar y echar raíces en algún lugar, que tenemos que formar una familia y dar continuidad a la vida y, por último, que estamos obligados a trasmitir conocimientos dejando huella de nuestro paso por la tierra.
Sin embargo, el autor de la frase del sobrecito de azúcar contemporiza y se adapta, 130 años después de la muerte del cubano, al momento actual, llamando, primero, la atención al autor original con un rotundo «oye, tú, que lo que dices, sí, es fácil…», que seguramente lo sea, no sé, —un servidor no se ha estrenado con la tercera afirmación—, para continuar diciendo, vale tío, lo que tú digas, pero lo difícil es «criar un hijo, que no te talen el árbol y que lean el libro».
Y es que, con toda seguridad, en el siglo XIX las cosas eran muy distintas a las de esta primera mitad del XXI; no digo que más fáciles entonces ni ahora más difíciles, sino complicadamente muy distintas.



domingo, 10 de mayo de 2026

Cruz de navajas.

Hay una canción de 1986, cuyo autor fue José María Cano y que popularizó el grupo musical al que pertenecía, Mecano, incluida en el disco Entre el cielo y el suelo, que cuenta la historia de una pareja, María y Mario Postigo —se dice que se trata de personajes reales o, al menos, que la letra está inspirada en una historia real—, cuya vida, que está sumida en un hastío por culpa de la rutina de unos horarios laborales contrapuestos, pues cuando termina la jornada del hombre comienza la de la mujer, hacen que el contacto entre ambos sea mínimo. Una mañana, en la que el regreso de Mario a casa, a una hora más temprana de lo habitual, hace que éste sorprenda a María con su amante, provoca una pelea entre los dos hombres con el resultado de la muerte del protagonista de la canción.
El título de la canción, Cruz de navajas, ¿o debería haber sido Cruce de navajas?, queda a su vez relacionado con las estrofas en las que se enumeran las tres heridas, las tres cruces que a la víctima le infligen: metafórica la primera, «una en la frente, la que más dolió», conocer la infidelidad de su pareja, soportar los cuernos, esta navaja se la clava María; «otra en el pecho, la que le mató», realista total, la infiere el amante de Maria; y la tercera «y otra miente en el noticiero…», en alusión a la falsa información que los medios de comunicación dan del hecho según el relato de la propia María que, evidentemente, fue testigo del crimen y de esa manera encubría a su enamorado, acusando a dos supuestos drogadictos que pasaban por allí.

Cuántas veces, muchas, porque muchas han sido las que he escuchado esta canción — que incluyo entre mis diez o doce preferidas—, mientras la oía, he pensado en otro final, y siempre en el mismo, un final en el que el muerto fuera el otro, o mejor, en el que ni siquiera hubiera necesidad de que alguien muriera. Me bastaría con que el protagonista propinara al otro un par de puñetazos y una patada en las gónadas, dejándolo arrumbado en un rincón del portal o en medio de la calle. Después, Mario subiría a su casa, seguido de María que, lloriqueando iría pidiendo perdón mientras alternaba la petición con la manida frase «déjame explicarte, esto no es lo que parece», guardaría sus pertenencias más básicas en una maleta —«ya volveré otro día por el resto»—y tras de decirle a la mujer «vete a la mierda, y vas muy bien servida», cogería la puerta y saldría a la calle aún sin saber a dónde se dirigiría. De esta manera el fracasado ascendería a héroe, aunque no dejaría de ser un fracasado, un cornudo.
Pero no sólo pienso en un final así mientras la oigo, y la oigo una y otra vez, pues muchas son las ocasiones en que las emisoras de radio la emiten, también vivo la ambición instantánea de que realmente la canción termine como la deseo, y espero anhelante que Ana Torroja cante mi final y nos cuente con apoteósica pena cómo Mario se aleja calle abajo con su maleta, mientras el alba va iluminando lentamente el cielo. Pero, me cagüen la leche, nunca ocurre así.



domingo, 26 de abril de 2026

Maneras de tomar café

Cuentan que Ortega y Gasset —o fue Gregorio Marañón, no recuerdo exactamente a quién se atribuye la anécdota, pero a uno de los dos fue, seguro— comentó, ante el caos social y político que, durante los años treinta del siglo pasado, se estaba viviendo en España, que «cómo se iba a poder gobernar este país, cómo satisfacer a tanta gente, si ni siquiera entre los gobernantes consiguen conciliar decisiones, con la multitud de ideas distintas y contrarias, queriendo cada uno llevar su razón; cómo hacerlo si hasta para tomar café no hay acuerdo.
Bueno, seguramente las palabras exactas no fueron esas, pero el concepto queda claro: ya en la primera mitad del siglo XX había diferentes modalidades de servir el café.
Pues en ello pienso cada vez que me siento en la barra de un bar a tomar un café y escucho a los parroquianos pedirlo. Compruebo la variedad tan amplia que existe, le doy la razón a uno de aquellos dos sabios, a la vez que me digo que si hoy vivieran podrían comprobar que, seguramente, se ha multiplicado por diez o más el número de formas distintas de tomar un café con respecto a las que ellos conocieron.
A aquellos cafés de entonces habría que añadir hoy no sólo los descafeinados que, aunque descubierto el sistema para eliminar la cafeína en 1903, no debieron de popularizarse en España hasta mucho después; sino también los que la ciencia y la búsqueda de la buena salud nos han traído: con leche desnatada, semidesnatada, con leche sin lactosa, con zumo de avena, o con alguna variedad más que desconozco pero que, seguro seguro, existe; con la leche fría, o templada, servido en taza, o en vaso de caña. Y todo ello sin entrar en locales en los que se puede elegir hasta la procedencia del café, su punto de tueste o de torrefacción o el dibujito sobre la espuma de la leche batida.
¿Y esto venía a santo de qué, Mánuel?

Ah, ya. Resulta que estaba un servidor sentado en la barra de la cafetería de un conocido centro comercial tomando un café con leche normal, como siempre, a la vez que observaba el trajinar de las tres empleadas que atendían detrás de la barra: una de ellas, Manoli, con dedicación completa a la cocina, tostadas y más tostadas —otro día habría que escribir sobre el nuevo mundo de la tostada que, de unos años para acá, se ha abierto en esta mi ciudad—; otra, Yesi, sin quitar la vista de la cafetera, venga a sacar cafés de todos los nombres e infusiones también variadas; y la última, a la que ninguna de las otras dos nombraba, ya que era ella la que, llevando la voz cantante, daba las órdenes a las dos primeras, moviéndose de un lado a otro de la barra, desplazando sin parar su llamativo volumen sin entorpecer ni hacer colapsar el trabajo de sus compañeras, quitando servicios ya consumidos, pidiendo comandas a los clientes, trasmitiendo a las otras dos colegas dichos encargos —a la primera la amplia variedad de tostadas, y a la segunda la interminable lista de cafés disponibles—, poniendo los nuevos servicios, cobrando las consumiciones; y vuelta a empezar. Y todo ello sin perder ninguna de las tres la compostura ni mostrar aceleración en sus movimientos; impolutos sus uniformes, incluido el rojo mandil. Una maravilla de servicio, a lo que añado un trato agradable y correctísimo: ¿qué va a tomar, cariño?; son cuatro veinte, cielo; ¿con qué me dijo que iba la tostada, corazón? Y algunas otras maneras más de mostrar afecto que no anoté. Estuve a punto de obsequiarla con algo parecido en el momento de pedir mi cuenta, pero me contuve, que no están los tiempos para familiaridades desde el lado de los hombres.

Y aquí viene el tema en cuestión, en los no más de veinte minutos que permanecí en la barra de la cafetería pude escuchar no menos de diez o doce modos distintos de pedir un café: café con leche en taza, en vaso, me lo pone con la leche templada; cortado, cortado con la leche fría; café con leche desnatada; café solo, solo doble; americano templado; ¿me da un vaso para enfriar?, y un etc. que, como en el caso de las muestras de cordialidad, tampoco anoté pero que puedo asegurar, era extenso.

Pero lo mejor, lo que aún da más valor a lo que allí estaba sucediendo, es que en ningún caso advertí error alguno: la mujer sin nombre podía pedir dos o tres tipos distintos de café y sin que estuvieran dispuestos aún por parte de Yesi, pedía otros más, fueran los que fuesen, y Yesi respondía con acierto. Una y otra vez. Y lo mismo con las tostadas, Manoli no fallaba, pero ya he dicho que de este tema no va el pensamiento de hoy.

Resumiendo, que si Ortega y Gasset, o Marañón, hubieran estado hoy en la cafetería presenciando la escena, se reafirmarían en su aquel comentario. Eso sí, habrían añadido que, a pesar del caos que pueda suponer la multitud de ideas del ser humano, de las luchas por hacer valer razones y, por supuesto, de los gustos distintos para tomar café de cada uno, hay asuntos que funcionan muy bien en este mundo, y uno de ellos es el trabajo de aquellas tres mujeres detrás de la barra.

domingo, 22 de marzo de 2026

El teléfono, 150 años.

El 10 de marzo de 1876 Alexander Graham Bell pronunció nueve palabras, en inglés, por supuesto, “Mr Watson, come here. I want to see you”, que traducidas al español quieren decir “Señor Watson, venga aquí, quiero verle”. Lo hacía a través de un artilugio que había inventado mediante el cual pretendía, y lo consiguió, mantener conversaciones entre personas que estuvieran separadas en la distancia. El otro protagonista del experimento, su ayudante Thomas Watson, no estaba muy lejos, apenas a unos metros en una habitación contigua. La prueba fue un éxito, el ayudante escuchó nítidamente al señor Bell y acudió presto a la habitación cumpliendo su orden.


Se han cumplido hace un par de días 150 años de tal acontecimiento y los noticieros se han hecho eco de ello, no podía ser para menos. Ciento cincuenta años ya desde aquello y cómo ha avanzado el aparato en cuestión: de aquel rudimentario aparato que trasladó la voz a escasos o poco más de diez metros, a estar un servidor escribiendo esto en un modernísimo artilugio que, además de comunicarme con cualquier persona o entidad de cualquier lugar de la Tierra y por variados sistemas, hace fotografías, las guarda en su memoria (¿?), mide las calorías que consumo, los kilómetros que camino, sabe el camino que siguen ahora mismo todos los aviones en el cielo, me lleva a cualquier lugar del mundo y al instante, conoce al completo la historia del hombre, dispone de todos los datos, hasta los más inimaginables, nos entretiene con incontables pasatiempos, música, cine, crucigramas, televisión, prensa, y así hasta el infinito y más allá, mucho más allá. 
Pues estaba yo viendo-escuchando en un telediario la reseña sobre el 150 aniversario de la primera conversación telefónica de la historia, que era acompañada por una sucesión de fotografías que mostraban la evolución del aparatito a lo largo de estos últimos 150 años —desde aquel de Graham Bell a este que tengo en mis manos—, cuando como un flash me golpeó la frente un recuerdo, como casi todos los míos, bastante lejano.
Me vi en mi calle dando pelotazos a la fachada de una casa, frente a la mía, deshabitada durante mucho tiempo y que por esa razón era utilizada para tal juego. También vi a mi padre conversando con nuestro vecino el señor Gregorio, aquel viejo barbero cascarrabias y bonachón, a cuya conversación yo no prestaba atención. Debían de estar hablando de cómo cambiaban los tiempos, las gentes, las ideas, el progreso y cosas así. Seguramente todo ello le molestaba, no era amigo de novedades, más bien al contrario, y lo demostraba con sus comentarios en mi casa viendo la televisión cada noche que se dejaba caer con su mujer, la buena de la señora Cándida, que bien hacía honor a su nombre.
Decía que estábamos los tres en la puerta de mi casa, yo con el balón y mi padre y el viejo barbero charlando, cuando a este último le escucho una frase que no he olvidado jamás: «Pues me parece que a este paso va a habé teléfono tan chico que lo vamo a llevá en el bolsillo de la camisa como un boli».
Lo que son las cosas, resulta que el gruñón del Sr. Gregorio predijo el futuro. Quién lo iba a decir.

domingo, 8 de marzo de 2026

Nochevieja

Desde hace muchos años la noche de Nochevieja es para mí un acontecimiento carente de diversión. La vivo con un oculto aburrimiento que, evidentemente, no exteriorizo, aunque de vez en cuando hago comentarios que denotan mi estado de ánimo. Pero no por ello renuncio a participar en la fiesta, los brindis, las conversaciones, las canciones si se tercian y, por supuesto, en los preparativos desde el día de antes.
Y es que dicha noche no me emociona en absoluto. No sé qué tiene de especial pasar de un año a otro, no entiendo por qué esa noche tiene que marcar tanto a la gente. Veo más especial el día de fin de curso de los estudiantes, el primer día de vacaciones, las jornadas que duran un viaje deseado o cualquiera de esos días a lo largo de la vida que quedan de verdad marcados en el calendario. Pero el simple paso de un día a otro, aunque situado al final del año, obligado por los ritos sociales y el mercado, la forzosa diversión, la hipócrita postura de felicitaciones y buenos deseos, no, no está entre mis más anhelados placeres.
Siempre he deseado que ese día y su noche fueran lo más normales posible, pero nunca lo he conseguido. Así que he tenido que sobrellevar cada fin de año con una mezcla de serena impostura y alegría de comediante. Pero no me ha importado, porque quienes me rodeaban y rodean entendían y entienden la fiesta de otra manera, y he de acomodarme a ellos. Por lo que, invariablemente, la Nochevieja en mi casa ha sido y es una noche grupal y festiva.
No por ello en mi interior he dejado de renunciar a la aspiración de vivir una noche quieta y sosegada. Y por fin mi deseo se ha visto cumplido en la Nochevieja recién pasada, en la que los astros o las circunstancias se han aliado conmigo de manera tal que todo resultó así:
Cena algo especial, no muy especial, para mi señora y yo, nadie más. En muchos años, o quizás no haya sucedido nunca, no disponíamos a cenar en Nochevieja los dos solos. Justo antes de empezar se presenta nuestra hija en plan sorpresa, no la esperábamos. Cena con nosotros y nos comunica que en cuanto tomemos las uvas —las uvas, qué memez de costumbre— volverá a su casa, 130 kilómetros de distancia, porque mañana, a pesar de ser fiesta y uno de los pocos días del año que no abren las panaderías ni se venden periódicos, debe ayudar a salvar vidas. Dan las 12 de la noche en una de cadena de televisión y yo acompaño las campanadas con la ingesta de uvas, con calma, sin importarme el ritmo ni la secuencia. Educadamente deseo un feliz año a mis dos mujeres —también suelo desearlo el día de sus cumpleaños, que al fin y al cabo es cuando se empieza un nuevo año de vida—. Abrimos una botella de cava y participio en el brindis. Vemos los fuegos artificiales que, pasados unos minutos de las 12, lanzan en un barrio vecino y que, desde nuestro balcón, se ven como si de un palco se tratara. Al término del espectáculo, casi media hora, mi hija se despide, «ten cuidadito, llama cuando llegues», y se marcha. Por nuestra parte, apuramos la botella de cava y también la de vino que había quedado a medias en la cena. Cambio y cambio de canal en la tele sin encontrar nada interesante en donde acoplarme para pasar el tiempo hasta que los párpados me indiquen el camino a la cama. Mi señora decide marchar a coger la horizontal y al rato descubro, mando a distancia en la mano, en no sé qué lugar del dial, un documental sobre Queen. Cambio de postura, me incorporo como gesto de atención, y así me quedo hasta que, pasadas las cuatro de la madrugada y terminado el espectáculo, mi cuerpo se rinde y camino hasta el sobre.
Fue una noche inolvidable.

domingo, 1 de marzo de 2026

De Mario Benedetti

 Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia González (Paso de los Toros, Tacuarembó, Uruguay, 14 de septiembre de 1920 - Montevideo, 17 de mayo de 2009), escritor uruguayo, integrante de la llamada generación del 45, reconocido escritor en lengua española.

— «Que alguien te haga sentir cosas sin ponerte un dedo encima, eso es admirable».

domingo, 22 de febrero de 2026

Crear contenido.

 Hace unos minutos en un programa vespertino de televisión en el que varios invitados, generalmente personajes conocidos de la política y el periodismo, hablan de actualidad social, política e incluso cultural, moderados y entrevistados por un conocidísimo presentador, o algo así, de televisión, y en el que también se da entrada a otros invitados desde la distancia para que hagan algún aporte técnico, específico o personal al tema que estén tratando en el instante, a la vez que se intercalan comentarios graciosillos a cargo de  un par de humoristas que pretenden, no sólo hacer reír al respetable, sino también, digamos, distender la tensión que pudiera estar produciéndose entre los invitados, ya que estos suelen ser de idearios opuestos y por lo tanto lo son también sus opiniones...Bueno, pues que hace unos minutos en ese programa aparece un chavalito —uso este sustantivo dada su apariencia— de rostro aún púber, corte de pelo sin estridencias, voz no muy grave y un arito en una oreja, al que le han pedido parecer sobre, no sé, no me he dado cuenta, que yo estaba moviendo el edulcorante en mi café; por lo que la opinión del muchacho al tema que fuera me estaba siendo, y ahora continúa siéndolo, totalmente irrelevante. La cuestión es que, en el zócalo, o sea, el rótulo inferior que suele aparecer debajo de los entrevistados con su nombre, profesión o actividad por la que es conocido, o también dando texto a las imágenes de una noticia, aparece escrito, cómo no, el nombre del chaval, que no recuerdo, y su profesión: «Periodista y creador de contenido», ojo, dos profesiones. Sobre la primera sé de qué va, conozco básicamente sus elementos, características, etc., que hubo momentos en mi primerísima juventud en los que estuve tentado de dirigir por ese camino mi futuro. Pero sobre la segunda…, sobre la segunda me cuesta algo llegar a interpretarla, e incluso a darle el valor que seguramente tenga, aunque lo intento, juro que lo intento. Hasta tal punto lo intento que me levanté inmediatamente del sillón y me vine ante el teclado a fin de crear yo también contenido. Y me ha salido ésto.

domingo, 8 de febrero de 2026

Carta a Javier Bardem

Recojo ese texto, atribuido a Pilar Rahola, en una red social. A esta señora cada día día la entiendo más y mejor, va ganando en moderación, aprecio su coherencia y está consiguiendo que la lea y escuche con atención.
Excepto ligerísimos matices, estoy en condiciones de afirmar que yo también firmaría el siguiente texto.

CARTA A JAVIER BARDEM

Elijo el nombre de Javier Bardem, y no es al azar. Podría haber dirigido esta carta simbólica a Angelina Jolie, o a Billie Eilish, o a esa encarnación del antisemitismo más ruin que es Roger Waters. Y más allá del mundo rutilante del famoseo, la lista de dirigentes políticos que podrían merecerla pululan por todos los rincones de la demagogia. Ahí están los Pedro Sánchez, los Petro, los Mélenchon, los Iglesias..., todos esos ruidosos justicieros que escupen su propaganda desde el atrio de su soberbia moral. Muchos..., tantos..., tan presentes y estridentes hace poco tiempo, y ahora tan ausentes y callados.
Pero de todos ellos, escojo a Javier Bardem porque nadie encarna con tanta precisión la indecencia de una izquierda caviar que solo alza el puño, con impostada indignación, cuando la causa cuadra con su obsesión ideológica. Ese Bardem enfundado en el Free Palestine que cumple con todos los requisitos del activismo sectario. “Un actor comprometido”, dicen los titulares rutilantes, pero se olvidan del verbo que lo acompaña: Comprometido, depende... Depende de si Israel tiene algo que ver, o los estadounidenses, o el colonialismo capitalista, o Trump, o las derechas pérfidas...
Es el prototipo del “no jews, no news”, de manera que si no hay judíos o yankees de por medio, no hay causa, no hay pancarta y no hay indignación. Son los progresistas de nuestro tiempo, tipos de grito en la manifestación y verbo acusador que deciden qué causas son dignas, y quiénes son víctimas y quiénes verdugos.
Nunca, en la historia de la lucha por los derechos humanos, hubo tanta hipocresía arrogante y rastrera como ahora.
¿Dónde están?
¿Dónde estuvieron?
Nunca los oímos cuando Hamas convertía Gaza en una cárcel de dos millones de personas, a las que saqueaba, empobrecía, reprimía y condenaba a un ciclo permanente de violencia. Nunca los oímos cuando el Yemen languidecía en años de guerra atroz, sacudida por la locura chiíta. Nunca, cuando Irán fabricaba su círculo de fuego, aupando al dictador sirio, financiando las peores organizaciones yihadistas y destruyendo el Líbano, mientras amenazaba con destruir a Israel.
Tampoco los oímos cuando miles de israelíes sufrieron el terror del 7 de octubre: bebés en sus cunas, familias enteras, ancianos, jóvenes cantando en un festival, muertos, heridos, secuestrados.
Su silencio, cuando las mujeres nos explicaban el horror de sus cuerpos violados.
Su silencio cuando los bebés eran ahogados...
Nunca hubo flotillas para ellos.
Y otros, tantos silencios. Nunca los oímos cuando Afganistán se convertía en un terrible infierno para las mujeres, las niñas sin escuelas, las jóvenes sin rostro, el aliento detrás de una cárcel de tela. Nunca en el horror de Sudán, nunca en el dolor cristiano en Nigeria, nunca en ningún lugar, porque si los malos no son los que ellos homologan ideológicamente, no existen víctimas, ni existen causas.
Por eso nunca les oímos hablar del dolor de los iraníes. A pesar de que el terrible régimen de los ayatollahs hubiera convertido la libertad en un crimen penal, y sustentara su poder en la represión y la muerte, nunca oímos a los Bardem. Al contrario, fueron esas izquierdas moralistas y doctrinarias las que antaño iban a visitar al “libertador de los persas”, un tal Khomeini y aplaudieron su “revolución social”. Durante décadas, nunca les preocupó la represión contra los ciudadanos iraníes, directores de cine encarcelados, opositores condenados a muerte, estudiantes torturados, nunca, nada...
Al contrario: algunos de esos gurús de la izquierda irredenta se convirtieron en periodistas de los canales iraníes que intentaban vender su veneno a través de Hispan TV. Ahí están los Pablo Iglesias.
Y por eso ahora, cuando Irán arde por todos sus costados, con un pueblo extraordinariamente valiente que se enfrenta directamente a la muerte, y con miles de ellos siendo asesinados, todos estos actores, periodistas, políticos “comprometidos” no están, no hablan, no gritan, no levantan pancartas, no montan excursiones en flotillas, nada.
Quizás alguna Irene Montero se despista y dice algo pero solo para avisar que Trump es muy malo y que Israel tiene la culpa de lo que ocurre en Irán.
Esta es la miseria de una izquierda tuerta y dogmática que ha ideologizado tanto las causas universales, que acaba siendo cómplice de los verdugos. Su obsesión antioccidental y su paternalismo arrogante hacia el Islam los ha convertido en incapaces para la causa de la libertad. Hablan mucho de ella, pero retuercen su significado hasta dejarla hueca.
Ese es el activismo de los Bardem de turno:
UN GRITO VACÍO, MORALISTAS DE DOBLE MORAL Y PROGRESISTAS A TIEMPO PARCIAL.
NO FORMAN PARTE DE LA SOLUCIÓN, FORMAN PARTE DEL PROBLEMA,

Pilar Rahola

sábado, 31 de enero de 2026

De Cortázar

 Julio Florencio Cortázar (Ixelles, Bruselas, Bélgica, 26 de agosto de 1914- París, 12 de febrero de 1984) fue un escritor y profesor argentino.



«Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos».
«Cada vez sospecho más que estar de acuerdo es la peor de las ilusiones».
«Cómo cansa ser todo el tiempo uno mismo».
«Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo».
«Todavía hay tiempo para imaginar cualquier cosa, para creer que aparecerás en cualquier instante. Para incluso creer que me buscas».

domingo, 25 de enero de 2026

Insultando, que es gerundio.

Tras dos entradas anteriores, «Insultando suavemente» y «Decirle tonto sin decir tonto», se me ha ocurrido dedicar otras cuantas a ampliar el tema con la enumeración de cuantos insultos y calificativos más o menos groseros pueda encontrar en nuestro idioma, procurando no llegar a lo soez, si es que eso es posible, pues en castellano abundan los epítetos chabacanos; muy chabacanos, y es posible que no me pueda resistir. Sin embargo, estoy seguro de que la mayoría son bastantes suaves y simpáticos en su fonética, inocentes y graciosos en su significado y, con toda certeza, desconocidos para el conjunto de nosotros.
A este ánimo se sumó el hallazgo, hace unos días, de un texto que leí en la red en el que se enumeraban 221 insultos en nuestro idioma, extraídos de un estudio publicado hace unos años —todo se estudia, todo se publica— en el que se clasifican los más utilizados por regiones, franjas de edad, sexo y algún que otro campo más. Todo ello con la participación de más de 2500 españolitos, acompañado de un colorido mapa de nuestro país y firmado por un responsable del Centro de Ciencia Cognitiva de la Facultad de Lenguas y Educación de la Universidad Nebrija y otro del Área de Lingüística de la Universidad de Alicante.
En ese estudio se han recogido más de 8000 insultos, clasificados según su frecuencia de uso, edad e identidad sexual de los entrevistados. Salvando las diferencias regionales, e incluso locales, y el exceso en el uso de los insultos, se llega a la conclusión que el más utilizado es «gilipollas», siguiéndole, y por este orden: subnormal, hijoputa/hijaputa, tonto/tonta, idiota, puto/puta, capullo/capulla y payaso/payasa. La inmensa mayoría incluyen términos referidos a estereotipos sexuales —principalmente de feminidad— y discapacidades intelectuales o físicas.
No voy a enumerar aquí, y ahora, los 221 insultos del estudio, eso lo dejaré para posteriores entradas en las que pretendo añadir otros que vaya encontrando por el camino. Creo que hay tema para no aburrirse y para aprender, que ya estoy cansado de insultar siempre lo mismo.


domingo, 11 de enero de 2026

Dejar de leer un libro.

 En más de una ocasión he dejado de leer un libro. A las pocas páginas, pasadas cuarenta o cincuenta, e incluso más, muchas más. Me pregunto ahora si existe alguna norma —y es que me dejo llevar por mi mentalidad, más inclinada por mi profesión a los tecnicismos— que regule esa actitud, y busco la respuesta en mi experiencia, claro, dónde si no. Así que hago memoria e intento recordar aquellos que he dejado, que han sido pocos, y el primero que me viene es, por su título, «La insoportable levedad del ser», de Milan Kundera, con el que llegué justo a la página 100 —está marcada con una X, como señal de derrota, hasta aquí llegaste— pero que hube de abandonar, aburrido de tanto conflicto amoroso-existencial-sexual; la clave para el abandono me la dio la siguiente cita:

«Esto es un círculo vicioso. La gente se vuelve sorda porque pone la música cada vez más alto. Y como se vuelve sorda, no le queda más remedio que ponerla aún más alto».


Si se me estaba haciendo la lectura insoportable —apropiadísimo el título, ya lo he dicho—, el seguir leyendo aumentaba la insoportabilidad, era muy posible que me viera en el círculo vicioso de la cita. Abandona Mánuel, me dije, y abandoné.

Lo que me lleva a pensar que el principal motivo para dejar de leer un libro es el aburrimiento, la indiferencia por lo que suceda en su interior; el que no esté cumpliendo con nuestras expectativas que, seguramente, al iniciar su lectura eran altas; que cada párrafo sea un punto más de desilusión, cada página un poco más de inclinación en la cuesta arriba; que lo que esperabas iba a ser un gozo camina hacia el tedio. Y eso puede suceder en cualquier momento. O sea, que no hay una norma que marque el número de páginas mínimas o máximas. Se llega hasta donde se aguante, y ya está. No pasa nada, a otra cosa, mariposa.

La mayoría de los libros que he abandonado lo fueron allá por época muy pasada y, en general, no he retomado con el tiempo su lectura, han quedado durmiendo el sueño de los justos. Lógico, aún no debía de estar pulido el gusto por éste o aquel estilo, preferencias temáticas, autores, etc. Con el tiempo he ido abandonado menos libros, pero no por madurar mis prioridades he dejado de hacerlo: «El jinete polaco» está desde hace más de tres años en un estante a mi espalda con el marcapáginas en el inicio de la tercera parte, cumplidos más de dos tercios de su volumen: y habiendo leído varios títulos más de Muñoz Molina, lo que indica que no es una cuestión de autores. Y el abultado «El puente de Alcántara», de Frank Baer, ha sido iniciado en dos ocasiones y abandonado también en la segunda.

Hablando de este tema con uno de los libreros cuya tienda frecuento, y aludiendo a ese último título, me hizo una observación bastante acertada de mi proceder: «No has encontrado todavía el momento para leer ese libro, apárcalo, llegará la ocasión en que el libro te llame, y entonces lo leerás de un tirón». Vale, pues entonces sé que habrá una tercera oportunidad, y será la definitiva.

Y finalmente existe una situación que me parece bastante especial y que se ha dado en mi vida en varias ocasiones: leer el libro a intervalos de tiempo más o menos cortos, o largos; disponiéndome a su lectura en un sitio y condición concreta, sin importar el alcanzar la última página. Como ahora me sucede con «El cuaderno gris» de Josep Pla, que reposa junto al mar y sobre el que avanzo despacio en su lectura —releyendo incluso, de vez en cuando, párrafos completos y, lápiz en mano, subrayándolos— durante las más tranquilas tardes veraniegas.

sábado, 3 de enero de 2026

De Borges

   Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899 - Ginebra, Suiza, 14 de junio de 1986). Poeta, ensayista, cuentista y traductor argentino.

«Hay comunistas que sostienen que ser anticomunista es ser fascista. Esto es tan incomprensible como decir que no ser católico es ser mormón».
«Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos, porque uno termina pareciéndose a ellos».
«Si de algo soy rico es de perplejidades, y no de certezas».
«Te debo las mejores y quizá peores de mi vida, y eso es un vínculo que no puede romperse».

domingo, 28 de diciembre de 2025

Insultando suavemente.

¿Has insultado alguna vez a alguien? Me respondo a la pregunta y digo que sí, y muchas veces. Seguramente, la mayoría de ellas y a mi entender, de manera merecida, pero a la vez, y también la mayoría de ellas, de forma incorrecta, sin duda alguna. Y es que me parece que hemos reducido el insulto, quiero decir las formas de insultar. Y eso es quizá por ignorancia, por escasez de vocabulario o por premura en la respuesta durante el altercado que terminó, o continuó, con el insulto.
Creo que actualmente se insulta poco, de pocas maneras quiero decir, que en tono y volumen vamos muy bien servidos. Al menos en mi entorno observo que nos basta con un gilipollas o un capullo, y poco más. E igual ocurrirá en otros lugares donde predomine un insulto más localista. Se ha reducido a pocos modelos, nos estamos conformando con apenas nada, y lo que es peor, no se insulta con corrección, no se dispara con el dardo adecuado, ya que cada situación y cada insultado deben de tener, y de hecho tienen, su insulto propio. Se abusa de algunas ofensas que, en la mayoría de las ocasiones no tienen cabida en el contexto de la discusión o la pelea que se trate, aprovechando, por parte del insultador, lo soez del término para así creer que se denigra más al insultado.
Y no por tratarse de improperios necesitan ser malsonantes, no, por Dios, que los hay incluso algo agradables, como BOBO, que es una persona falta de entendimiento o de razón; esta expresión, de suave pronunciación, posee una gran cantidad de sinónimos, algunos de los cuales hacen aún más encantador el vocablo, como candoroso, simplón o abombado. Son los bobos personas que al hablar no coordinan el pensamiento con la velocidad de emisión de sus palabras, por lo que terminan diciendo cosas que no pueden defender por falta de argumentos ciertos. Y a pesar de ello lo harán con gran confianza en sí mismos, ése es su mayor talento.
Muy semejante al bobo es el NECIO, que es el ignorante, que no sabe lo que podía o debía saber, el falto de inteligencia o de razón, y también el terco y porfiado en lo que hace o dice. Y es con esta última con la que me quedo para encuadrar al necio, al individuo que se aferra a sus ideas, aunque los hechos le demuestren que está equivocado; los consejos que escucha los ignorará y confundirá la terquedad con la inteligencia que realmente no posee.
Parecido a los dos anteriores es el TARADO, pero en el sentido correspondiente al tema que tratamos —que no estamos hablando de defectos físicos o psíquicos—, sino en la del individuo que, de manera alocada y haciendo gala de poco juicio, tiene la habilidad excepcional para complicar lo sencillo, ignorar lo evidente y sorprender al mundo con razones carentes de lógica.
Tres maneras no groseras de ofender; tres insultos que se resumen en uno, tal vez el más común y simple del castellano: el TONTO de toda la vida, la persona falta o escasa de entendimiento o razón, en la primera acepción del DRAE, que es acompañada con más de treinta sinónimos —a eso se le llama riqueza del lenguaje—. Pero me quedo con algo que leo por ahí, en la red, que viene a decir que un tonto es quien tiene la extraordinaria habilidad de ignorar lo evidente y convertir las decisiones más simples en un espectáculo de malas elecciones, sin aprender casi nunca de sus errores porque primero tendría que admitir que los cometió.
Remato el tema: los cuatro anteriores tienen una acepción malsonante y españolísima que es GILIPOLLAS, utilizada para referirse a una persona boba, necia, tarada y sobre todo tonta. Es una palabra curiosa, pues tanto en singular como en plural termina en ese (s) y gramaticalmente es un sustantivo y también un calificativo. Además, tiene una variante simpática, como menos hiriente, que es gilipuertas. Aunque yo siempre he pensado que un gilipollas es un tonto, sin duda, pero con mala leche.