domingo, 16 de agosto de 2026

Paseo matinal

Me ha llevado hoy el paseo por un camino que hace unos años recorría con frecuencia acompañado de mi perro. Decidí dejar de frecuentarlo pues, aunque transcurre por un hermoso paraje sombreado por pinos y eucaliptos, y flanqueado por la duna tupida de retama que lo separa de la playa, se encontraba en un estado que lo hacía intransitable; la arena lo había cubierto y el paseo se convertía en una tortura incluso para el infatigable Bogui.
Sin embargo, ha sido a principio de este verano cuando descubro con sorpresa y no menos alegría, que a alguien de las alturas administrativas se le ha ocurrido adecentar el camino y convertirlo en una senda bastante más atractiva de lo que era. Ha bastado un algo más que profundo lavado de cara: retiro toda la arena de la pista, compacto una buena capa de tierra y ya tengo el sendero perfecto. Y a buen seguro que lo es.
El camino tiene un solo defecto, que es su abrupto final, se acaba de pronto. Termina ante un muro de espesa maleza sin ofrecerte, ni a derecha ni izquierda, una continuidad. La media vuelta es la única opción.
Y en esa media vuelta estaba cuando de frente me encuentro a un señor que, parado ante mí—en el primer segundo creí ver una aparición— me espeta que «si aquí se acaba el camino», «sí, buenos días, sí, aquí acaba el camino», le contesto.
Cuatro palabras más de información, otras tantas de cortesía y me dispongo a iniciar el camino de vuelta por el mismo que traje de ida. El señor se me pega al lado, camina junto a mí, y comienza a hablar sobre el tiempo, el paisaje y los temas que se suelen utilizar en una conversación entre desconocidos. Pero éste caballero va a más; en pocos metros ya me está hablando de su familia, de las circunstancias que le han llevado a pasar unos días de vacaciones en este lugar, a lo que dedicó su vida laboral, a lo que dedica su vida ahora, a lo que la dedican los dos hijos que dice tener, cómo conoció a su mujer, cuál es su lugar de residencia y las condiciones sociales y urbanísticas que la rodean, y, lo que ya me pareció un acto de orgullo y autovalidación, presumir de cuánto viaja, desde siempre, que dice haber sido y ser su pasión. Me habla, curiosamente, de países, de ciudades extranjeras, pero apenas de lugares españoles. De vez en cuando intento meter algo de parloteo sin conseguirlo, apenas unas frases sobre mí procurando seguir el contexto en el que él se mueve.
El camino continua y he terminado por adaptarme a su paso, que es algo más lento del normal en mí. Me voy preguntando si el buen hombre se desviará por algunas de las sendas afluentes, pero no, sigue a mi lado. Me entero que el último viaje fue a Argentina, doce o catorce días, me da detalles de sitios, alguna anécdota e incluso algunos gastos. Se me comienza a hacer bola el tipo. Prosigue su narración, después de volver de Sudamérica, trasmitiendo el fuerte deseo que tiene su mujer por conocer China que, aunque no es Oriente tierra de su predilección, no puede dejar de dar gusto a la cónyuge.
Sigo escuchando el interminable monólogo, y a un paso que me incomoda. Qué ganas me entran de tomar el camino que a derecha llega hasta la cercana playa, pero no, eso sería continuar el regreso a pleno sol y abandonar las placenteras sombras de los eucaliptos. Además, creo que la marea está alta y con esa condición la arena es una tortura para las piernas, al menos para las mías. De modo que aguanto y hago un esfuerzo para meter alguna cuña: le hablo, en poco más de veinte palabras, de mi último viaje a Galicia y la balnearia estancia en aquella tierra. Me deja pasmado al responderme que no conoce Galicia, a la vez que en mi interior me río a carcajadas preguntándome qué puñetas se le habría perdido al zoquete este en mitad de la Pampa o al pie de las pirámides de Guiza si antes no ha pisado aún la inmensa mayoría de las tierras de España. Acusadme de…, me da lo mismo qué, pero la idea que del personaje me quedó, cuando por fin abandonó el camino y con ello un servidor su compañía, fue la de un indigente mental vanidoso a más no poder.
En la primera terraza que encontré pedí un café; era necesario volver a mi mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario