Por Julio Moreno Lopez
diciembre 5, 2022
“Sueña el rey que es rey, y vive con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando; y este aplauso, que recibe prestado, en el viento
escribe, y en cenizas le convierte la muerte, ¡desdicha fuerte!”.(Pedro
Calderón de la Barca).
El 23 de febrero de 1981 yo tenía diez años. No recuerdo todos los
pormenores del día, por supuesto, pero aun siendo un niño, recuerdo muchas
cosas de aquella tarde y noche de invierno en la que pareció, por un momento,
que todo podía cambiar de nuevo. Recuerdo la incertidumbre de mis padres,
pegados al televisor, no con miedo, sino con expectación, con incredulidad de
que nuestra recién estrenada democracia volviese a dar paso a otra etapa que ya
creíamos superada.
He de decir que mis padres nunca fueron antifranquistas, es más,
siempre han defendido que con Franco se sentían más seguros, en todos los
ámbitos, si bien aceptaron de buen grado la democracia, como la mayoría de
españoles. Ahora que me encuentro en la edad, más o menos, que ellos tenían
entonces, les entiendo perfectamente. No obstante, la situación era tensa. Aún
flotaba en el recuerdo de muchos la guerra civil, y eso si que, definitivamente,
no podía volver a ocurrir.
Desde mi perspectiva de niño, y teniendo en cuenta que todo esto
lo viví junto a mi hermano Javier, que entonces tenía siete años, fue un día
muy divertido. La televisión interrumpió su programación habitual y recuerdo,
perfectamente, que a la espera de noticias y supongo que para aliviar la carga
emocional del pueblo español, se pasaron la noche emitiendo películas antiguas,
comedias de El Gordo y el Flaco, los hermanos Marx y Danny Kaye, que, si bien
no ha calado tanto en la memoria popular, era un cómico magnífico. Entretanto,
intercalaron algunos dibujos animados, que en aquella época, con solo dos
canales, solo teníamos ocasión de ver durante media hora al día, en el horario
infantil.
Sin duda, no percibíamos la gravedad del suceso, pero he de decir
que mis padres, que jamás nos censuraron nada, nos permitieron pasar la noche
con ellos, viendo la televisión. Por eso, cuando a la 1:00 de la madrugada del
24 de febrero, el rey Juan Carlos I, vestido con el uniforme de capitán general
de los Ejércitos, se dirigió a la nación para posicionarse en contra del golpe
de Estado y a favor de la Constitución. Yo estaba allí para verlo. Y es algo
que no olvidaré mientras viva.
En pocas horas, casi de inmediato, el teniente coronel Antonio
Tejero en Madrid y el teniente general Jaime Milans del Bosch en Valencia,
depusieron su actitud, como una muestra de fidelidad a la corona que,
presuntamente, les había dejado a los pies de los caballos, con bastante
probabilidad, si bien mi condición de niño no me permitía, entonces, analizar
lo ocurrido con el rigor necesario. A mis ojos de niño de diez años, el rey fue
el héroe que salvó la democracia, impidiendo que la sangre volviese a correr
por las calles de nuestra pobre y querida España.
Miren, yo no he sido y no soy necesariamente monárquico, pero
aunque pueda parecer contradictorio, desde niño, quizá desde ese 23 de febrero
de 1981, siempre me he sentido orgulloso de tener rey. Sí, en mi ideario, las
monarquías siempre me han parecido la élite de las naciones, atribuyéndoles
equivocadamente- una solidez a nivel democrático y social, que no tienen las
repúblicas. Viendo la figura del rey como alguien que está siempre presente
para vigilar que no ocurran los desmanes que los políticos, sin su tutela, sin
duda acometerían.
Desgraciadamente, la vida y la experiencia me han ido poniendo en
mi sitio, desdibujando hasta casi borrarla, esa idealización que, de algún
modo, tenía de las monarquías y los monarcas.
A mi modo de ver, el prestigio de la monarquía española se vino
abajo en los últimos años de reinado de Don Juan Carlos I. Pero para mí, al
contrario que para la mayoría, no fue por los desmanes económicos y personales
que cometió. Los reyes, a lo largo de la historia, siempre han sido infieles, puteros
incluso; derrochadores, arbitrarios y amorales. ¿Por qué?. Porque podían, así
de simple.
Al rey no lo elige el pueblo, no está sometido al dictado de las
urnas, salvo en caso de referéndum y, por tanto, para mí el rey ha de ser una
figura revestida con un halo de poder, un gobernante que, en caso de ser
necesario, ponga los huevos encima de la mesa y les pare los pies a los
politicuchos de turno cuando, como ocurre ahora, pierden la cabeza y se
empiezan a convencer de que España es su finca y los españoles, su ganado.
Por lo tanto, para mí el gran error de Don Juan Carlos, el que
inició el principio del fin de la monarquía, no es que se fuera a cazar
elefantes, no es que tuviera, supuestamente, amantes en todos los puntos
geográficos. Incluso tampoco me importa si tenía o no tenía cuentas en paraísos
fiscales.
No, señores y señoras. El gran error de Don Juan Carlos de Borbón
y Borbón fue salir en los medios de comunicación a pedir perdón.
Un rey no pide perdón. Otra cosa es que el pueblo, el populacho más
bien, se levante, le organice un referéndum y lo ponga de patitas en la calle,
pero si el rey es rey, si permanece en el trono, no ha de pedir perdón por
nada, es más, su obligación es no pedir nunca perdón.
Así, pues, un rey que fue figura determinante en uno de los
momentos más graves y complejos de nuestra historia reciente, terminó saliendo
a pedir perdón por haberse ido de cacería a Botsuana, lo cual, a la larga, le
costó la corona.
Es verdad que, a posteriori, otros miembros de la familia real han
puesto en serios apuros a nuestro actual monarca, Don Felipe VI, pero esos,
esos advenedizos, esos Urdangarines y compañía, esos sí tienen que pedir perdón
y purgar sus penas, como así ha sucedido, aunque, como dice José Mota, el daño
ya está hecho.
Y esto me lleva a una triste reflexión: ahora, que nuestro
gobierno está contraviniendo todas las normas, llegando incluso, como ha
ocurrido recientemente a modificar leyes y eliminar figuras delictivas para
favorecer a sus socios de gobierno, aunque el delito en cuestión sea una
traición a España; ahora, que la cajera reconvertida en ministra y sus muy
numerosos y muy costosos colaboradores han metido la pata hasta tal punto que
muchos agresores sexuales van a salir a la calle con inmediatez. Ahora que
nuestro presidente no quiere pactar los presupuestos con los partidos
constitucionalistas y sin embargo tiende la mano, sin ningún pudor, a aquellos
que hace apenas unos años les volaban la cabeza, ahora ¿dónde está el rey?
Si el rey no es capaz de salvaguardar las más mínimas normas
democráticas, ¿para qué sirve el rey? ¿Para darnos el discurso de Navidad?
¿Para acudir a la entrega de los premios Princesa de Asturias? ¿Para qué coño
sirve el rey Felipe?
Mire señor, majestad. Nadie es quien para meterse en la vida privada
de los demás, salvo en su caso. Su vida privada es una cuestión de Estado.
Quizá haber metido en una institución como la monarquía, monarquía católica,
por cierto, a alguien que no se santigua en las ceremonias religiosas puede
haber sido un error. Quizá haber metido en una institución como la monarquía,
en tan altas funciones, a alguien que ha sido republicana de toda la vida y,
por tanto, no cree en la monarquía, quizá, y solo quizá, ha sido un tremendo
error. Y quizá, y solo quizá, no dar un puñetazo en la mesa a tiempo, en esta
España que es su casa y está bajo su tutela, sea su error definitivo.
Quizá, si usted sigue así, dentro de poco, solo nos quedará el
muñeco de cera del museo de Colón, que, la verdad, no se parece a usted.
Pero qué más da. Usted, tampoco parece un rey.
Así que, aunque solo sea por salvar la institución, debería
plantearse intervenir, demostrar que no todo vale y que las leyes son cosas
demasiado importantes para que las manejen los inútiles, que, por otro lado,
nunca debieron obtener ese privilegio.
Tenga valor, crea en España, dignifique la institución que
representa. Gánese la corona. Pero hágalo urgentemente.
Viva España.
@elvillano1970
https://www.elnacional.com/opinion/el-rey-pasmado/

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